EL PLAZO ES LA PAZ

El plazo es la paz

13 oct 2013

IndePaz

Inventarse una fecha a partir de la cual se debe agotar la paciencia, es tan absurdo como sostener que en medio de elecciones no se puede tener algún tipo de avance en las negociaciones de paz convocando al mismo tiempo a votar por los candidatos que garanticen las mejores condiciones para un proceso exitoso que le ponga punto final a la guerra y conflictos armados. Para no ir muy lejos, hay que recordar que aquí en Colombia se concretaron cinco acuerdos de paz entre 1989 y 1991 en pleno proceso de elecciones, incluida una constituyente; las elecciones se convirtieron en una oportunidad para la paz y los cambios institucionales. Años después, con el Mandato por la paz en las elecciones de 1997, la disputa por la paz y no la oferta de la guerra, fue lo definitivo en las presidenciales de 1998.

Hablar de suspensión de las conversaciones de paz, en lugar de defender la necesidad de no dejar la mesa hasta la firma del acuerdo final, es abrirle paso a un juicio de responsabilidades por la crisis del proceso, aceptar el triunfo de los enemigos de la negociación y darle gabelas electorales a quienes llaman a la guerra sin cuartel para negociar solo después de otra década de muerte y sobre el supuesto de la desbandada de la guerrilla.

http://www.indepaz.org.co/?p=3859

 

 

 

El mensaje que necesita Colombia no es que el tiempo para la paz se está agotando o que el 18 de noviembre puede llegar la hecatombe. Tampoco es propio seguir repitiendo que elecciones y conversaciones de paz son incompatibles. Todas esas frases son en realidad una trampa mental, aceptada incluso por personas bien intencionadas, sin sustento en la experiencia nacional o internacional. La verdad es que el acuerdo final en La Habana aún no se ha concretado porque, dada la correlación de fuerzas, es mucho lo que piden las FARC en transformaciones estructurales y muy poco lo que ofrecen el gobierno y los que detentan el poder político y económico. Además hay dificultades para encontrar fórmulas aceptables para las partes en temas cruciales de reformas para la democratización del régimen político, seguridad, justicia transicional y no extradición.

 

Ponerle fecha de terminación a un proceso de estos es un contrasentido. Con razón en el Acuerdo anunciado en Oslo hace diez meses, se incluyeron temas y objetivos pero no un cronograma, por lo demás imposible de predeterminar. Y también con argumentos se ha dicho que un conflicto violento de más de cincuenta años necesita al final más de 24 meses de conversaciones para ser terminado mediante un pacto. Como referencia están otros procesos de negociación de conflictos armados o de violencia generalizada de larga duración: el tan ponderado proceso de Irlanda del Norte demandó más de 3 años de diálogos y pactos para llegar al acuerdo de Viernes Santos que permitió en 1998 dar por cerrado el enfrentamiento con armas del IRA y el dominio británico que duró 30 años; en Sudafrica, después de 28 años de resistencia, incluso armada, del CNA de Mandela y de otros grupos antiapartheid, se necesitaron 4 años de diálogos y acuerdos para llegar al pacto final; en El Salvador, esa cruenta guerra de 12 años demandó 30 meses de negociaciones para arribar al Acuerdo de Chapultepec en 1992.

Inventarse una fecha a partir de la cual se debe agotar la paciencia, es tan absurdo como sostener que en medio de elecciones no se puede tener algún tipo de avance en las negociaciones de paz convocando al mismo tiempo a votar por los candidatos que garanticen las mejores condiciones para un proceso exitoso que le ponga punto final a la guerra y conflictos armados. Para no ir muy lejos, hay que recordar que aquí en Colombia se concretaron cinco acuerdos de paz entre 1989 y 1991 en pleno proceso de elecciones, incluida una constituyente; las elecciones se convirtieron en una oportunidad para la paz y los cambios institucionales. Años después, con el Mandato por la paz en las elecciones de 1997, la disputa por la paz y no la oferta de la guerra, fue lo definitivo en las presidenciales de 1998.

Hablar de suspensión de las conversaciones de paz, en lugar de defender la necesidad de no dejar la mesa hasta la firma del acuerdo final, es abrirle paso a un juicio de responsabilidades por la crisis del proceso, aceptar el triunfo de los enemigos de la negociación y darle gabelas electorales a quienes llaman a la guerra sin cuartel para negociar solo después de otra década de muerte y sobre el supuesto de la desbandada de la guerrilla.

Los avatares de la coyuntura requieren buenas noticias desde La Habana, con resultados en temas ya maduros en lo político o en cultivos de uso ilícito. Las partes pueden acordar un receso combinado con una agenda de consultas sobre los temas pendientes. El anuncio podría ser reforzado por la tregua unilateral que proponen Colombianas por la Paz y ojala con la inminencia de diálogos con el ELN. En estas condiciones la bandera de la paz no sería la proscrita de las campañas electorales, sino la referencia para poner definitivamente a la defensiva a los guerreristas. El plazo es la paz!!

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