¿FALSOS ‘NIÑOS BOMBA’?

¿Falsos ‘niños bomba’?

JUDICIAL La versión oficial que señaló a dos menores de ser usados por las Farc para lanzar una granada contra un grupo de policías en Tumaco tiene serios vacíos.

25/05/2014

http://www.semana.com/nacion/articulo/falsos-ninos-bomba/389155-3

 

 

 

 

 

 

Cuando la muerte se topó con Ángelo y Sebastián hacían lo que más les encantaba: estar en una cancha de fútbol. Esa tarde del miércoles 14 de mayo llovía y, pese a ello, en el único polideportivo del caserío nueve policías jugaban un ‘picadito’.

En uno de los andenes de la cancha se halla

ban como espectadores Ángelo Cabezas, de 14 años, y Sebastián Preciado, de 13 años. El primero venía de una clase de fútbol y el segundo iba en camino de su casa a recoger a su hermanita que estaba en el jardín infantil ubicado a media cuadra del lugar.

A eso de las 4:30 de la tarde un artefacto les estalló casi en la cara, perforó sus cuerpos con esquirlas y la onda explosiva reventó sus pulmones. Sebastián llegó sin vida al hospital y Ángelo agonizó durante cinco horas.

En el atentado resultaron heridos los nueve policías y algunos de ellos en medio del dolor y el caos de la sala de urgencias del hospital, se acercaron a Ángelo para reclamarle. Uno de los patrulleros le preguntó “¿por qué hiciste eso papi?” y en seguida le dio un beso en la frente. Mientras que otro policía le reclamó: “Tú fuiste, tú fuiste, te van a meter a la cárcel”. Así lo recuerdan la mamá y algunos empleados del hospital.

La mamá de Ángelo recuerda que su hijo, mientras agonizaba, le dijo: “Yo vi que algo pasó por mi cabeza botando humo”. A las 9:35 el niño murió, justo cuando era interrogado por un investigador, al parecer de la Policía.

Esa trágica historia ocurrió en Chilví, un corregimiento ubicado a 20 kilómetros de Tumaco, el municipio de Nariño que ha llegado a tener la tasa de homicidios más alta del país. Es un caserío tan remoto, que Colombia solo se enteró de lo ocurrido al día siguiente, cuando la Policía reportó el ataque. La mayoría de sus pobladores son humildes campesinos que viven de cultivar pequeñas parcelas con plátano, yuca, cacao, mango y guanábana.

El episodio habría quedado en el olvido de no ser porque el comunicado de la Policía aseguró que “los adolescentes de 13 y 14 años, están sindicados del lanzamiento del artefacto explosivo en contra del personal policial, y según informaciones de inteligencia, los menores fueron enviados por miembros de la columna móvil Daniel Aldana de las Farc”.

De inmediato la noticia de los “niños bomba usados por las Farc” se regó como pólvora en las redes y le dio la vuelta al mundo. Desde entonces Tumaco llora con indignación a los dos menores mostrados como terroristas y la comunidad se volcó a las calles a exigir que se limpie el nombre de los chicos. ¿Qué pasó realmente?

SEMANA viajó a Chilví y habló con todos los afectados por la tragedia. No hay un solo testigo ocular que pueda reconstruir lo ocurrido.

El pueblo está dividido entre dos versiones. Una, la de varios habitantes que dicen que un vecino vio a un hombre escondido entre los pasadizos que conducen hacia el polideportivo y esta persona sería la que habría lanzado la granada a los policías. Sin embargo, ninguno se atreve a revelar quién es el “vecino” ni tampoco quién estaba escondido. Puede ser que temen retaliaciones.

La otra versión es la de los policías, que insisten en que “vieron” a Ángelo sacar “algo” de su mochila y arrojarlo. SEMANA habló con algunos de ellos y no precisan qué fue lo que sacó. La falta de certeza se debe tal vez a que estaban entretenidos jugando fútbol.

Más allá de las versiones hay otros elementos que pueden llevar a sacar una conclusión. Por ejemplo, el artefacto explotó a menos de dos metros de donde estaban los dos niños, tal y como lo demuestra un boquete leve que quedó en el pavimento. Si de verdad alguno de ellos hubiera lanzado la granada, ¿por qué no cayó más lejos? ¿Por qué no corrieron para salvarse?

Otro elemento importante es el recorrido que hizo Ángelo antes de llegar al sitio de la explosión. Venía de clase de fútbol, en otro lugar, y solo se detuvo en una tienda a comprar un bolo (refresco en bolsa) y para pagarlo desocupó la mochila en busca de una moneda, “de esa bolsa solo salieron los 100 pesos y un par de guayos que parecían nuevos”, afirmó Gabriel Estacio, el tendero.

Luego caminó tres cuadras más para llegar al polideportivo. Desde otra tienda, cercana a la cancha, lo vieron pasar. Y quien estaba allí atendiendo dice que Ángelo llegó a donde jugaban los policías unos 15 minutos antes de la explosión. ¿Si su misión era lanzar la granada por qué no lo hizo una vez llegó?

En ese trayecto es muy difícil que alguien lo haya interceptado para entregarle la granada. Además, como el espacio de ese trayecto es abierto lo habría visto otro uniformado que montaba guardia en la garita o quienes estaban en la estación de Policía.

La posibilidad de que fuera una granada de la Policía que por error hayan recogido los niños se descarta porque el artefacto que explotó si bien era de fabricación industrial, no era de Indumil, según dijo una fuente de la Fiscalía a SEMANA.

Los investigadores no lograron hallar ni el seguro ni las espoletas que rodean el explosivo. Ese detalle es importante porque si Ángelo lanzó la granada, al menos deberían aparecer esos elementos, ya sea en la mochila o en los alrededores del sitio donde estalló. Pero no fueron encontrados.

Por eso la hipótesis de que la granada fue lanzada desde otro lugar toma fuerza.

Otro hecho que llama la atención, es que tanto Ángelo como Sebastián eran muy amigos de los policías afectados. Esa amistad fue reconocida por algunos de los heridos y en la tienda vecina a la estación, donde los uniformados fían con frecuencia, hay un cuaderno en el que aparece Ángelo como uno de los muchachos a quienes los uniformados mandaban a comprarles cosas. ¿Por qué, sabiendo que los policías eran sus amigos, Ángelo les iba a lanzar una granada de frente?

A todos esos interrogantes se suma que el perfil de Ángelo y Sebastián, descrito por sus padres, profesores y amigos, no encaja en el macabro plan. El pasado 2 de abril Ángelo cumplió 14 años y el regalo que más anhelaba eran los guayos que finalmente su mamá María Janer Montaño le compró. A finales de ese mes durante un ejercicio de autoevaluación escolar, el menor se describió como un buen muchacho que “respeta a los mayores; no le hago mal a nadie y estudio para sacar adelante a mis padres” (ver facsímil).

Chilví es un caserío de importancia estratégica para la columna móvil Daniel Aldana de las Farc. El pueblo está ubicado a orillas de la carretera que conduce hacia Pasto y cerca de una maraña de ríos por donde se mueve la coca. Los moradores prefieren no hablar mucho porque saben que todo el que habla “es hombre muerto”, explicó un líder de ese corregimiento.

En los últimos dos años, las Farc han atentado cuatro veces contra el caserío y lo han hostigado decenas de veces. En junio de 2012 se tomaron el caserío a punta de bombas. En la acción murieron cinco guerrilleros, un policía resultó herido y el colegio del corregimiento, contiguo al cuartel donde se alojan los policías, quedó semidestruido.

Desde entonces, lanzarle granadas a esa sede policial se convirtió en deporte para la subversión. Este año han lanzado tres, y según los policías no pasa semana sin que intenten atacarlos. Por eso la comunidad pide que la estación sea reubicada, porque desde 2007 cuando se instaló allí provisionalmente, los 800 niños del colegio viven en alto riesgo. “Este lunes 19 de mayo solo vinieron a estudiar 100 niños. Temen quedar en medio de un ataque”, explicó el rector Julio Jaramillo.

Ninguno de los niños tiene seguro escolar porque en la Alcaldía aún no lo han comprado. En la Secretaría de Educación alegan que el proceso está en licitación, “sin embargo, debido a la Ley de Garantías hemos tenido un poco de retraso”, argumenta en una carta el secretario del ramo.

En lo que sí coinciden los vecinos y la Policía es que el atentado en que murieron los dos niños de Chilví fue orquestado por las Farc.

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