EL CAMINO ES CULEBRERO PARA LOS DIÁLOGOS DE PAZ

El camino es culebrero para los diálogos de paz

PAZ Ya reelegido, Juan Manuel Santos tiene un mandato claro para negociar el fin del conflicto armado con las FARC y el ELN. Pero concretarlo, en un país dividido y con unas guerrillas a veces desafiantes, será bien difícil.

21/06/2014

http://www.semana.com/nacion/articulo/proceso-de-paz-el-camino-es-culebrero/392784-3

 

 

Factores todos que Santos deberá tomar en cuenta seriamente. Por un año y medio, el gobierno descuidó hacer pedagogía en favor de la necesidad, la legitimidad y la conveniencia moral de llegar a un final negociado del conflicto armado. Revertir el creciente pesimismo de la opinión en las encuestas y lograr la aprobación popular de los acuerdos con las guerrillas será imposible si no se acerca al ciudadano de a pie a lo que está pasando en Cuba y en Ecuador con las Farc y el ELN. Para eso, las ocasionales salidas en público de Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo son claramente insuficientes. Habrá que ver qué papel se da al Consejo Nacional de Paz y qué fuerzas se le suman, pero probablemente hará falta mucho más que eso. En este campo, la alianza entre el presidente y la izquierda puede arrojar mecanismos inesperados.

 

 

En materia de paz, la elección presidencial del 15 de junio barajó y volvió a dar, como dicen.

Por un lado, la reelección le dio a Juan Manuel Santos lo que más le faltaba: un mandato claro para concretar la paz, con el que no contó en su primera elección pues ni la palabra figuraba en e

l léxico uribista. Por otro lado, lo deja más amarrado que antes a las negociaciones que adelanta con las Farc y el ELN, de las que le será más difícil levantarse. Y el presidente queda con un país dividido y polarizado y una oposición acérrima que no harán nada fácil ni el acuerdo, ni su refrendación popular, ni su implementación.

Todo ello sin contar con que la votación redibujó el mapa político. Se configuraron dos fenómenos, tan inusuales en la política colombiana como de hondo impacto: una nueva derecha, que no teme proclamarse como tal y que tiene casi la mitad del electorado, y una ‘coalición por la paz’ que, con 1 millón de votos más (por ahora), reúne a lo más granado del establecimiento liberal-conservador tradicional, desde Santos y Gaviria hasta Gerlein y Serpa, y a caciques emergentes, con casi toda la izquierda, de moderados del Polo Democrático hasta Marcha Patriótica, pasando por los Progresistas de Gustavo Petro.

Cuál será el impacto de este realineamiento de fuerzas en la política en general o en el nuevo gabinete en particular, está por verse (Clara López, el petrismo y otras fuerzas descartaron toda participación). Pero es claro que, junto a los otros fenómenos que arrojó la elección, tendrá un efecto profundo en el trazado del mapa de la paz. Y el presidente reelecto deberá contar con sus nuevos amigos y sus no tan nuevos enemigos, en el Congreso y en la opinión pública, para sacarla adelante.

La elección deja varios frentes urgentes por atender.

El primer desafío del presidente es tratar de sanar las heridas dejadas después de la polarización de la campaña electoral. No solo frente a los 7 millones de colombianos que votaron contra su fórmula de paz, sino con los políticos del otro bando que protagonizarán una dura oposición en el Congreso. Casi otro ‘acuerdo de paz’ debe buscarse entre santismo y uribismo, sin el cual una reconciliación duradera, aun logrando un trato con las guerrillas, es difícilmente concebible. No solo por razones tácticas –en ese Congreso habrán de negociarse las condiciones judiciales y de participación política para los guerrilleros desmovilizados sino también porque el gobierno deberá convencer a la mayoría de los colombianos de que apruebe lo acordado mediante alguna fórmula de refrendación popular.De ahí se deriva un segundo desafío, que señaló la líder del Polo Clara López, no bien pasada la elección. Además de llamarlo a concertar la agenda de reformas hacia el posconflicto le dijo que “el proceso con las Farc requiere ajustes”, como incorporar a la mujer y a las víctimas y estableciendo “un sistema de información que prepare a la sociedad y a las instituciones para el posterior proceso de refrendación”. También insistió en la necesidad de un cese al fuego.

Factores todos que Santos deberá tomar en cuenta seriamente. Por un año y medio, el gobierno descuidó hacer pedagogía en favor de la necesidad, la legitimidad y la conveniencia moral de llegar a un final negociado del conflicto armado. Revertir el creciente pesimismo de la opinión en las encuestas y lograr la aprobación popular de los acuerdos con las guerrillas será imposible si no se acerca al ciudadano de a pie a lo que está pasando en Cuba y en Ecuador con las Farc y el ELN. Para eso, las ocasionales salidas en público de Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo son claramente insuficientes. Habrá que ver qué papel se da al Consejo Nacional de Paz y qué fuerzas se le suman, pero probablemente hará falta mucho más que eso. En este campo, la alianza entre el presidente y la izquierda puede arrojar mecanismos inesperados.

Por lo pronto, Santos ha dicho, como declaró a El País de España que “la prioridad es darle un nuevo ímpetu al proceso de paz e introducir reformas adicionales a las que hemos hecho (…) Ahora que ganamos va a ser más fácil combatir las mentiras. Vamos a ser más proactivos en la búsqueda de la paz y yo intensificaré mi papel personal en este proceso”.

Si hay algo que le está haciendo falta al proceso es precisamente esto. En especial en el que es probablemente el flanco más delicado que tiene el presidente: los militares. Por primera vez en décadas, estos salen de la campaña profundamente divididos. El gremio de los retirados y algunos generales recién salidos a raíz de denuncias se inclinaron abiertamente por la campaña opositora y arrastraron a no pocos uniformados activos de diverso rango y sus familias. Lejos de la proclamación que hizo el presidente de que están unidos en un solo bloque, las fracturas frente a la paz negociada han sido cada vez más evidentes.

Lidiar con este fenómeno es crucial para la salud del proceso de paz. Tener generales retirados entre los negociadores del gobierno en ambos procesos –Mora Rangel en el de La Habana, y Herrera Verbel con los elenos– no parece haber sido suficiente. Quién será el próximo ministro de Defensa se vuelve una variante decisiva.

El presidente, además, introdujo variables como la idea de suprimir el servicio militar obligatorio (duramente criticada por Acore, la asociación de retirados) y la de mejorar las condiciones salariales y laborales, que despiertan toda clase de polémicas y expectativas. Está pendiente el tema crucial de qué justicia se aplicará a los militares que han cometido crímenes con ocasión del conflicto armado, quizás el más sensible para ellos. Y, ligado a este, qué ocurrirá con el fuero militar, cuya reforma ha sido bandera del actual ministro y también está sin concretarse.

Fue muy importante el categórico apoyo al proceso que dio Estados Unidos no bien reelegido Santos. El vicepresidente Joe Biden, que no vino a Colombia en 13 años, lo ha hecho dos veces en los pasados 13 meses, la última hace unos días. Y dedicó lo esencial de su visita a respaldar el proceso.

Después de una reunión de dos horas con Santos, visitó el Museo de Memoria, Paz y Reconciliación de Bogotá. “En la guerra y en la paz, señor presidente, estamos con Colombia”, le dijo a Santos. El respaldo de Washington a las negociaciones con las guerrillas, en un momento en el que la ayuda estadounidense ha llegado a un mínimo de 300 millones de dólares este año, tiene un peso y un significado que es imposible menospreciar.

Por último y no menos importante, está la negociación misma. Lo más probable es que el gobierno intente, luego de su victoria electoral, apretar el acelerador. El 22 de junio arranca una nueva ronda con las Farc, con el punto de víctimas en la Mesa y los temas de cómo terminar el conflicto, en una subcomisión. Y con los elenos está por empezar otro intercambio sobre una eventual agenda para abrir negociaciones. No sería raro que las guerrillas, además de coordinar sus respectivos procesos, pongan el freno, en especial las Farc, esperando que el gobierno y el ELN definan una agenda. El presidente dijo que “aspira” finalizar este año. Y eso es lo que el país, escéptico e impaciente, espera.

Pero no será nada fácil. Si bien el mandato recibido fortalece al gobierno para decirle a las Farc que deben marchar pronto hacia un acuerdo final, su margen de maniobra en la Mesa se puede reducir. Ojalá no se le ocurra a la guerrilla que, en las actuales circunstancias, puede forzar la mano con demostraciones de fuerza. Eso sería aprovechado por la oposición uribista para seguir echando leña al fuego e inmolar el proceso, y reforzaría el rechazo y el pesimismo entre la población. La paz tiene un chance. Pero no la tiene fácil.

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