50 AÑOS DE CONFLICTO ARMADO

Repaso histórico del nacimiento del conflicto armado en cinco capítulos

 

Pasos de animal grande

Primera entrega del Especial 50 años de conflicto armado, una reflexión histórica y periodística sobre los orígenes de la guerra entre el Estado y las Farc, que se inició en el mes de mayo de 1964.

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Según el Diario de la resistencia de Marquetalia, de Jacobo Arenas, la ‘Operación Marquetalia’ comenzó el 18 de mayo de 1964, exactamente hace 50 años. El Espectador tituló ese día: “Con 3.000 soldados se inició anoche la operación militar de Marquetalia”. No obstante, la ‘Operación Soberanía’, como la bautizó el gobierno de Guillermo León Valencia, había comenzado en realidad el 20 de octubre de 1961, cuando Álvaro Gómez Hurtado, en un debate sobre la reforma agraria —de la que era un acérrimo enemigo— sostuvo que la política de tierras del Frente Nacional había dejado en la orfandad algunas zonas del país, lo que condujo a la creación de territorios autónomos: “Hay la república independiente de Sumapaz. Hay la república independiente de Planadas, la de Riochiquito, la de este bandolero que se llama Richard y ahora tenemos el nacimiento de… la república independiente de Vichada”. Gómez plagió el término de Primo de Rivera al referirse a Cataluña durante la Guerra Civil. Durante el gobierno de Lleras Camargo la tesis no tuvo eco público, pero fue en ese período presidencial (1958-1962) cuando triunfó la revolución cubana y se aplicaron en América Latina con rigor la doctrina de la seguridad nacional y la tesis del enemigo interno. Como comandante del Ejército, Alberto Ruiz Novoa, quien había dirigido el Batallón Colombia en la guerra contra Corea del Norte, elaboró el Plan Laso, pero Lleras se abstuvo de aplicarlo. Su sucesor Guillermo León Valencia (1962-1966) nombró a Ruiz Novoa ministro de Guerra y como tal puso en ejecución el Plan Laso, que, según Jacobo Arenas, era la sigla de Latin American Security Operation.

Marquetalia es una vereda del corregimiento de Gaitania, municipio de Planadas, Tolima, situada en la falda occidental del nevado del Huila; una región que suena desde entonces a guerra, no sin razón porque los enfrentamientos militares entre la guerrilla y el Ejército son frecuentes hasta hoy. Una de las preguntas más inquietantes es por qué el sur del Tolima y el norte del Cauca fueron la cuna de las Farc y por qué son regiones que aún están envueltas en el conflicto. La respuesta está vinculada a varios dos grandes litigios históricos vigentes en esos territorios: la lucha por la tierra de los indígenas —paeces y pijaos— y la de los campesinos por el reconocimiento de sus derechos políticos.

La primera tendencia está representada por las peleas del indio Quintín Lame en las regiones de Tierradentro y Chaparral entre 1922 y 1945. Hay que recordar de entrada que el resguardo o parcialidad indígena fue creado por la Corona española en la segunda mitad del siglo XVI para defender a la población indígena del tratamiento de esclavos que le daban encomenderos, pero también para obligarlos a pagar tributos. Fue una institución que —según Friede— hizo a los indígenas partidarios del rey. La República los hizo “hombres libres” para despojarlos de las tierras y convertirlos en terrazgueros. El siglo XX conocerá el renacimiento de la lucha del indio por la tierra.

Quintín Lame nació en una hacienda cerca de Popayán, donde su padre era terrazguero y por tanto obligado a pagarle al patrón en trabajo o en especie el permiso de vivir en la hacienda. Participó en la Guerra de los Mil Días en Panamá como ordenanza del general conservador Carlos Albán y después, a órdenes del general-guerrillero Avelino Rosas, defendió “el tricolor nacional de la invasión ecuatoriana entre 1903 y 1904”, según sus palabras. Avelino Rosas fue subalterno de Maceo en la guerra contra España y trajo de Cuba el Código Maceo, un verdadero manual de guerra de guerrillas. Quintín Lame comenzó su lucha contra la política del general Reyes de liquidar los resguardos; fue nombrado “jefe y representante de los cabildos de Pitayó, Jambaló, Toribío, Puracé, Cajibío y algunos otros” en 1910. Entre 1914 y 1918 movilizó a los indígenas del Cauca por la recuperación y la creación de resguardos, hasta caer preso en 1915. La persecución política, la división del movimiento y la masacre de Inzá en 1916 lo obligaron a refugiarse en Natagaima, sur del Tolima, donde fundó, en compañía de José Gonzalo Sánchez, el Supremo Consejo de Indias, que creó el resguardo del Gran Chaparral.

Las reivindicaciones de Lame marcan un territorio de luchas que se extiende entre el río Cauca y el río Magdalena sobre el lomo de la Cordillera Central, entre Popayán y Chaparral. El Movimiento Armado Quintín Lame toma su nombre de ese caudillo porque, según uno de sus fundadores, fue “un personaje que agotó toda la parte legal para lograr metas, pero la parte armada también influyó mucho, como la misma toma de Paniquitá, la toma de Inzá y las de otras poblaciones donde él por la vía de la fuerza dio a entender que en el Cauca a esa clase de terratenientes no era fácil darles el golpe por el lado legal”. Por la misma razón el poeta Guillermo Valencia, su enemigo a muerte, lo llamó “asno de los montes”. Una de las obsesiones de Quintín Lame fue la educación del indio. Su secretario, Abel Tique, afirmaba: “Antes de llegar el general estábamos en la oscuridad, pero él nos trajo la doctrina y la disciplina para defendernos”. Estos dos términos —doctrina y disciplina— se encuentran a menudo en las preocupaciones de Manuel Marulanda.

El segundo gran hecho es la colonización campesina de la Cordillera Central. Desde mediados del siglo XX, pero particularmente después de la guerra de 1876, una punta de colonización proveniente del Quindío llegó al norte del Tolima y fundó pueblos como El Líbano, Fresno y Padua; poco a poco avanzó por la cota cafetera hacia el sur del departamento, donde entró en conflicto con las grandes haciendas cafeteras que se expandían al ritmo de la economía cafetera y se apropiaban de los baldíos nacionales. Similares choques sucedieron en el Tequendama y Sumapaz, en Cundinamarca. El principal motor del café en Tolima fue la firma Rocha Hermanos, que se enorgullecía de cultivar 300.000 cafetos en su hacienda Providencia. A su alrededor crecieron otras grandes haciendas —Irco, Calibío, Banqueo, Guadual, El Jazmín y un pequeño pueblo de peones y arrendatarios llamado El Limón— .Numerosos trabajadores sin tierra se convirtieron en tabloneros, aparceros o terrazgueros y muchos indígenas abandonaron su resguardo para trabajar en las haciendas. La ola colonizadora aceleró el crecimiento o la fundación de pueblos como Rioblanco, Planadas, Herrera, San Antonio, Gaitania y Roncesvalles.

Los litigios de tierras en la región fueron particularmente intensos, lo que explicaría el espíritu del primer intento de reforma agraria formulada por Murillo Toro a mediados del siglo XIX —“el cultivo es la base de la propiedad”— y desarrollada por otro chaparraluno, Darío Echandía, como función social de la propiedad en la reforma constitucional de 1936. . En 1905, los colonos de Ataco se movilizaron contra la pretensión del Gobierno de gravar los baldíos. A mediados de los años 30 los enfrentamientos entre propietarios y trabajadores facilitaron la agitación de María Cano y de Jorge Eliécer Gaitán. En 1931 la Policía asesinó a 17 indígenas en Llano Grande, sede del cabildo de Chaparral.

Monseñor Germán Guzmán, en el libro La violencia en Colombia, anota que uno de los antecedentes de la violencia de los años 50 en el Tolima fue el choque entre “el prurito latifundista de expandir sus propiedades y el espíritu avasallador de los paisas que llegaban acosados por el hambre y la pobreza… la Policía, seguida por los terratenientes del Plan del Tolima, sometió al desahucio a sus arrendatarios con el incendio de sus ranchos”. La violencia en el Tolima fue particularmente sangrienta y constituyó, en realidad, una prolongación de la Guerra de los Mil Días y de los conflictos sociales que se desarrollaron en la colonización antioqueña a partir de 1850, y que Esteban Jaramillo llamó la lucha entre el hacha y el papel sellado. Entre 1948 y 1957, según concluyó la Comisión Investigadora de las Causas de la Violencia de 1958, en el Tolima fueron asesinadas 35.294 personas y se abandonaron 93.882 fincas. “Tolima fue arrasado por el fuego”, comenta monseñor Guzmán”. La respuesta fue la organización de 33 comandos armados en toda la región; en el sur se formaron 12 grupos. Los más importantes fueron los de José María Oviedo, alias Mariachi, en Planadas; Rafael Valencia en Las Hermosas; Ciro Trujillo, alias Mayor Ciro, en Monteloro; Hermógenes Vargas, alias Vencedor en La Profunda; Teodoro Tacumá en Natagaima; Leopoldo García, alias Peligro, en Herrera; Prías Alape, alias Charro Negro, en Gaitania, y Gerardo Loaiza, en Rioblanco. El territorio es un nudo de cordilleras, una estrella fluvial y una zona que colinda con el Valle, el Huila, el Caquetá y está enmarcada por las llanuras del Pacífico, las Selvas del Amazonas y los Llanos del Orinoco. En síntesis —opina Francisco Leal— es una región muy propicia para la guerra irregular.

Justamente a este último comando se incorporó Pedro Antonio Marín, quien, según la versión más consistente, nació en Génova, Quindío, el 13 de mayo de 1928. Muy joven trabajó con su tío en una finca lechera en Ceilán, Valle del Cauca. El 9 de abril de 1948 fue testigo de la reacción del pueblo liberal contra los conservadores a quienes encarcelaron los insurrectos. Una semana después fueron liberados por el Ejército y su tío acusado de complicidad con los liberales. Pedro Antonio se refugió en la cordillera Occidental. “Para subsistir —cuenta Balín, uno de sus guardaespaldas— compraba fríjol en Betania y lo vendía en El Naranjal; ahí compraba panela y la vendía en El Dovio” (Trochas y fusiles). Después de las elecciones del 5 de junio de 1949, ganadas por el liberalismo, la cordillera Occidental fue conservatizada a sangre y fuego por los pájaros, comandados por Ángel María Lozano, el Cóndor, y Leonardo Espinosa. El incendio de El Dovio y Betania, primero, y luego la sangrienta toma de Ceilán obligaron a quien más tarde sería apodado Tirofijo a organizar en Génova una pequeña cuadrilla de 19 hombres, la mayoría parientes, para tomarse el pueblo en protesta por la elección de Laureano. El grupo era débil y mal armado, y optó por agregarse al comando del viejo Gerardo Loaiza y sus cuatro hijos en Rioblanco. “Eran de Génova, más propiamente —palabras de Marulanda— de una vereda llamada El Dorado, y el viejo don Gerardo, casado con la hermana de mi mamá, se había ido a fundar por los lados de Rioblanco. Él colonizó esa zona con otros caldenses” (Trochas y fusiles). Los Loaiza eran liberales y prósperos —don Gerardo llegó a ser candidato a la Alcaldía de Rioblanco— y estaban aliados con otros dos jefes liberales: Leopoldo García, alias Peligro, y Efraín Valencia, alias general Arboleda. Marín incursionó con sus hombres —varios paisas como Mundoviejo y Llaveseca— por las cuencas de los ríos Atá y Cambrín, y organizó a sus hombres en la región de San Miguel; incluso acampó un tiempo en la hacienda el Támaro, que mucho después se llamaría Marquetalia en honor al pueblo de Caldas. Hoy se conoce el caserío como Villarrica.

Las regiones Santiago Pérez, Planadas y Gaitania fueron objeto de varias comisiones de policía chulavita a partir del 48. Los testimonios son numerosos y las coincidencias no dejan lugar a dudas: se trató de un gran operativo contra los colonos liberales. Hubo varios ataques sangrientos registrados por Guzmán: “13 personas muertas en El Limón; en Chaparral comisiones mixtas de Policía y civiles saquean negocios y amenazan a dirigentes liberales; en Coyaima desaparecieron totalmente pueblos y parcialmente Santiago Pérez y Gaitania, y contabilizaron más de 50 muertos entre Chiparco y Pole”. En abril del 48 el Directorio departamental liberal del Tolima llamó a los reservistas a defenderse y tomarse los pueblos. La reacción conservadora fue violenta: masacres, casas incendiadas y semovientes robados. Todas eran tierras fértiles de vertiente trabajadas por colonos caldenses y campesinos tolimenses, muchos descendientes de indígenas paeces y pijaos. Como sucedió en todo el país, la gente se defendía, durmiendo en el monte, una estrategia simple de sobrevivencia complementada con la organización de “avanzadas” que vigilaban las veredas y daban aviso cuando los chulavitas entraban en ellas. Se trataba de una modalidad de defensa propia de donde salieron los primeros grupos guerrilleros, como reacción meramente instintiva. En Santander, Antioquia, Cundinamarca y los Llanos la situación fue idéntica. En el sur del Tolima, los pocos jefes armados que había en la zona de Gaitania y Planadas organizaron marchas con la gente “huyente” hacia San Miguel, donde podían defenderse mejor. Eran campesinos y liberales rasos que formaron grupos armados al mando de Ciro Castaño, en Monteloro; Prías Alape, en Peña Rica; Jesús María Oviedo y Pedro Antonio Marín, en el Cambrín, todos vinculados al comando de los Loaiza, que para esos días agrupaba unos 150 efectivos.

De otra parte, hay que anotar que desde los años 30 María Cano y Raúl Mahecha tenían una fuerte influencia en el sur del Tolima que facilitó la creación de Ligas Campesinas y la organización de células del Partido Comunista. El más importante dirigente de esta tendencia fue Isauro Yosa, nacido en Irco, donde existían grandes cafetales y donde comenzó a trabajar en la Hacienda Providencia de los Rocha. “El dueño de la tierra —cuenta Yosa— daba la tierra, o mejor el monte, porque había que abrirlo, tumbarlo y quemarlo. El arrendatario tenía que trabajar la tierra en café, y el patrón le reconocía a los dos años un peso por palo y además compraba el café a ocho centavos la arroba”. No se podía hacer finca porque —puntualiza— toda la tierra les pertenecía a los nombrados Rocha, a los Caicedo, los Castillo y los Iriarte”. El café era el principal negocio en toda la región. El precio del café en el exterior mejoró sostenidamente desde la primera posguerra hasta mediados de los años 30 para volver a coger precio a partir de la segunda posguerra. En 1918 se pagaba la libra a 15 centavos de dólar y en los años 50, a 60 centavos. La economía cafetera prosperaba a la par con el conflicto de tierras. En el sur del Tolima, la colonización cafetera campesina chocó de frente con el modelo hacendatario. Isauro Yosa, conocido como Mayor Lister —nombre de guerra que usó en honor a Enrique Lister, el legendario general de la guerra civil española (1936-1939)—, organizó en la población de El Limón, anexa a la hacienda de los Rocha, un movimiento contra la adulteración de las pesas —o romanas— y luego contra el sistema de aparcería. Los aparceros quedaban prácticamente desempleados cuando la cosecha de café terminaba y por esa razón organizaron “partidas” o “cuadrillas” de 100 o 200 hombres para tumbar monte en tierras baldías reclamadas por los hacendados. La Ley 200 y el liberalismo en el poder ampararon estas iniciativas hasta que, cercado por Laureano Gómez, López, en su segunda administración, promulgó la Ley 100 de 1944, que dio un paso atrás. Al subir Ospina —sobre todo después del asesinato de Gaitán—, los pájaros y los chulavitas abrieron el fuego prometido por el Cojo Montalvo. Isauro Yosa organizó el Comando del Combeima y aliado con los liberales de Loaiza y de Peligro dirigió una marcha de campesinos desplazados y amenazados hacia la región de El Davis en Rioblanco, entre los ríos Anamichú y Cambrín. El desplazamiento se llamó Columna de Marcha Luis Carlos Prestes, en honor al dirigente comunista brasileño que había organizado en 1924 una protesta con 1.500 hombres que recorrieron 25.000 kilómetros por tres estados exigiendo tierra y salarios justos. Yosa mandaba sobre 200 familias apoyadas por hombres armados de escopetas y el recorrido fue de unos 100 kilómetros. Se fundó entonces el comando de El Davis, una región donde se refugiaron comunidades campesinas para defenderse de los ataques de la Policía y de los grupos de civiles armados. Yosa convocó a los jefes que estaban apostados en San Miguel a refugiarse en El Davis. En efecto, a principios de 1950 llegaron 100 familias con sus haberes a cuestas, que se sumaron a otras 300 que ya estaban asentadas. Era población civil defendida por grupos armados con escopetas y armas hechizas que rápidamente adoptaron un reglamento simple para poder vivir y trabajar en comunidad y unas normas de defensa armada para rechazar el hostigamiento conservador. Fue, más que una táctica de autodefensa, una alternativa obligada. Años más tarde Manuel Marulanda llamó El Davis “corazón de la resistencia” y por Jacobo Arenas, “matriz del amplio movimiento campesino dirigido por el Partido Comunista”.

El Davis fue el prólogo de las que serían bautizadas —provocadoramente por Álvaro Gómez— Repúblicas Independientes. En realidad las denuncias del senador constituyeron un misil contra el gobierno de Alberto Lleras, que preparaba la promulgación de la Ley 135 de 1961 de Reforma Agraria. El ataque de Gómez fue hecho en octubre y la ley fue firmada en diciembre de ese año.

 

 

Segundo capítulo

Limpios y Comunes

El escritor y sociólogo que mejor conoce las zonas de conflicto en Colombia viajó a La Habana para reconstruir con los fundadores de las Farc los episodios que llevaron al surgimiento de esa guerrilla hace 50 años. Hoy, la historia de El Davis.

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El Davis fue una hacienda ganadera en la hoya del río Cambrín, sobre el lomo de la cordillera Central, en el sur del Tolima, donde los Loaiza crearon un comando guerrillero. Con la llegada de las columnas de marcha que venían de Coyaima, Irco, Chaparral, y de cientos de familias sueltas, el movimiento llegó a ser un pueblo de más de 2.000 habitantes. “Era —escribió Manuel Marulanda en Cuadernos de Campaña— un inmenso refugio humano en el corazón de la zona de operaciones, cuya vida transcurría en condiciones de organización exiliada en una región liberal”.

En esa época de asedio de los chulavitas, y un poco más tarde del Ejército, los bienes eran colectivos —“hasta la ropa era compartida entre familias”— y la comida muy escasa. Los adultos conformaban partidas para salir de la zona a buscar comida o a realizar operativos militares. Las mujeres se encargaban de coser y lavar la ropa y de la “rancha” o preparación de alimentos; los viejos cultivaban maíz, fríjol, yuca, plátano y caña panelera, y los niños ayudaban en diversas labores, incluida la preparación militar en un comando llamado Batallón Sucre. Un guerrillero recuerda: “Nadie podía estarse quieto o haciendo pereza. Todos y todas teníamos que estar haciendo algo, aportando para la subsistencia”. Había hospital, campo de paradas, fábrica de cotizas de fique, almacén general o comisariato, comedores generales, armería, escuela, guardería para niños, juez, y se llegó a construir refugios antiaéreos.

Las comisiones que salían a combatir solían ser mixtas, compuestas por unidades de los Loaiza o limpios o liberales, y de los comunes, es decir, comunistas, y para coordinar las operaciones fue creado el Estado Mayor Unificado, compuesto por ambas fuerzas. Con el pasar de los días, las acciones conjuntas dieron lugar a una diferencia profunda: las armas ganadas en los combates —alegaban los comunistas— no eran propiedad privada de los comandantes sino propiedad colectiva del movimiento. En realidad, la organización de los limpios era una especie de gamonalismo armado contra los conservadores y la policía chulavita. Los comunistas, orientados por el Partido, tenían un programa social que reivindicaba los derechos a las tierras baldías y las garantías políticas a la oposición. Hacia finales de 1951 El Davis se dividió en dos sectores: El Davis propiamente dicho, mandado por Isauro Yosa, Mayor Lister, y Luis Alfonso Castañeda, alias Richard, llamados “Comunes”, y el sector de La Ocasión de los liberales, o “Limpios”, donde vivían don Gerardo y sus leales.

El rompimiento definitivo se produjo cuando los comunistas adoptaron el programa aprobado por la llamada Conferencia del Movimiento Popular de Liberación Nacional, conocida como Conferencia Boyacá, reunida el 15 de agosto de 1952, a la que asistieron delegados de las guerrillas del Llano, de Santander, de Antioquia y de Sumapaz. La Conferencia —cuyo verdadero lugar de encuentro fue Viotá, Cundinamarca— se proponía la construcción de un gobierno popular que restableciera libertades democráticas, decretara una reforma agraria —“que pusiera en práctica el principio de la tierra es para quien la trabaja”—, devolviera la integridad de las comunidades indígenas, nacionalizara las minas, separara la Iglesia del Estado, creara un ejército nacional y democrático y adoptara una política internacional independiente.

Los liberales no asistieron a la reunión y el conflicto entre ambas tendencias quedó planteado. Los combates entre liberales y comunistas fueron frecuentes y muy fuertes porque “se llevó a cabo —escribió Marulanda— entre hombres de ley que prefieren morir antes que huir”. En un ataque liberal al comando de El Davis perdieron la vida dos hijos de don Gerardo Loaiza y uno de los García. Charro Negro, Ciro Trujillo y Marulanda se solidarizaron con la causa comunista.

La Conferencia Boyacá se desarrolló mientras El Davis era cercado por las tropas del gobierno y, quizá por esta razón, como una estrategia para reducir la presión sobre su centro, las guerrillas intentaron tomarse la base aérea de Apiay, que por lo demás fue un descalabro, y provocaron combates en zonas periféricas como Calarma, Las Hermosas, Gaitania y Santiago Pérez. Hay que recordar que por aquellos días las guerrillas de Guadalupe en el Llano emboscaron un contingente del Ejército en Puerto Gaitán, Meta, y le causaron 98 bajas. Ramsay, un investigador norteamericano, calcula que en 1951 las guerrillas del Llano tendrían unos 3.000 hombres; las del sur del Tolima, 6.000, y las de Cundinamarca y Antioquia, 12.000. Es decir, unas 36 unidades orgánicas en conjunto, sin unidad de mando. Por su parte, el Ejército tenía 15.000 soldados, y la Policía, 25.000. La situación era muy peligrosa para un gobierno debilitado en lo político.

En el sur, la respuesta del gobierno conservador fue la represión brutal con las FF. MM. o con las bandas de chulavitas y pájaros. Se masacró el pueblo de Belalcázar, Cauca; se bombardeó El Líbano; los diarios El Espectador y El Tiempo y las casas de López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo fueron incendiados. Según el libro La Violencia en Colombia, había en el país focos de resistencia armada contra el gobierno que tendían a conformar un movimiento guerrillero unificado del que la Dirección Liberal Nacional fue un apoyo vergonzante y calculador y el Comité Central del Partido Comunista un orientador clandestino. No cabe duda de que esta amenaza fue un factor definitivo del golpe de Estado contra Laureano Gómez encabezado por Rojas Pinilla —13 de junio de 1953— e impulsado por el liberalismo y por una mayoría conservadora.

Rojas Pinilla inauguró su gobierno bajo el lema “No más sangre, no más depredación; paz, justicia y libertad para todos”. A los pocos días decretó una amnistía y un indulto general, tanto para guerrilleros como para aquellos servidores públicos que “por causa de excesivo celo en el cumplimiento de sus funciones” hubiesen cometido delitos. Los aviones del gobierno bombardearon con hojas volantes las zonas de conflicto llamando a la entrega de armas.

Tras un corto período de completo desconcierto y con el respaldo de la DLN, entregaron armas las fuerzas del Llano, Magdalena Medio, Antioquia, Cundinamarca. Al sur del Tolima llegó a caballo una comisión encabezada por los doctores Rafael Parga Cortés, Ismael Castilla y Severiano Ortiz, conocidos jefes liberales de Chaparral, a negociar la entrega. Por otra vía, Alfonso Mejía Valenzuela, mayor del Ejército, y un sacerdote Larrazábal buscaron acuerdos con los liberales, quienes, cansados de la guerra, aceptaron poco a poco las condiciones.

Los generales Mariachi, Valencia y Pasillo, que habían pertenecido al sector comunista y que constituían una de las fuerzas más representativas de los limpios, entregaron sus armas en Santa Ana. Los demás mandos fueron haciéndolo paso a paso. Don Gerardo Loaiza fue nombrado alcalde de Rioblanco. Los comunes sospecharon que se trataba de una nueva fase del conflicto en la que los limpios se volverían aliados del gobierno y cambiarían sus viejos fusiles por armas de dotación oficial contra las fuerzas de los comunes.

Las guerrillas del Bloque Sur o de El Davis no aceptaron los términos propuestos por Rojas, al que llamaron “el delincuente más villano del país, quien conquistó su título a base de asesinatos y masacres… (como) la matanza colectiva en la Casa Liberal de Cali siendo comandante del Ejército en 1949”, y uno de los más develados “servidores del imperialismo norteamericano y su política de guerra”.

Cabe recordar que Marulanda fue testigo en ese año de las quemas de Ceilán, El Dovio, La Primavera y de la más cruda violencia en el Valle, dirigida por un aliado de Laureano Gómez y de Rojas Pinilla, Ángel María Lozano, alias el Cóndor. Ante el Senado, en 1959, Rojas confesó: “…él me ayudó en la pacificación del departamento (del Valle)”.

En octubre de 1953 el Bloque Sur llamó a continuar la lucha como movimiento de autodefensa de masas hasta lograr “el retiro de todas las fuerzas represivas; la devolución de las fincas a las víctimas de la política de sangre y fuego; la reconstrucción de sus viviendas; la reposición de sus bienes; el suministro de auxilios en dinero, semillas, herramientas; la construcción de escuelas, centros sanitarios, vías de comunicación, y la parcelación de tierras”. Ante la división con los limpios, los comunes crearon el Ejército Revolucionario de Liberación, con una organización “similar a la del Ejército Nacional”: compañías, escuadras y guerrillas, jerarquías —mayores, capitanes, sargentos— y un estricto reglamento, que incluía a la población civil.

Rojas Pinilla había decretado la amnistía y el indulto de manera condicional y dio un plazo para la entrega de armas, al término del cual volvió a declarar la guerra al movimiento guerrillero, que brevemente operó de manera unificada. Hay que tener en cuenta que Rojas fue un protegido de Mariano Ospina Pérez, que lo nombró director de Aerocivil y ministro de Comunicaciones. Toda la región se vio entonces envuelta en sangrientos combates. Más de 5.000 hombres, dice Marulanda, apoyados por la aviación y estrenando fusiles punto 30, cercaron El Davis. Los liberales pactaron de nuevo un acuerdo; los comunistas constituyeron las “comisiones rodadas” al mando de Ciro Trujillo, Charro Negro, y Andrés Bermúdez, El Llanero, se quedó con 75 hombres en la zona para defenderla; finalmente fueron copados por el Ejército y sus mandos fusilados. La población civil fue evacuada al ritmo y en la medida en que los comandos se abrían paso.

Al desintegrarse El Davis, Richard salió con su gente para Calarma; Avenegra, otro de los mandos, se perdió por los lados de Natagaima, y Yosa se refugió en Gaitania. Marulanda escribió: “Al cesar en el año 53 la lucha guerrillera, por entrega de la mayoría de los combatientes liberales, los comunistas subjetivamente no podían continuar por su cuenta y riesgo” el movimiento. Entonces optó por constituir, en compañía de Charro Negro, un comando clandestino, “absolutamente móvil”, que se conoció como el de “Los Treinta”, con 26 hombres y cuatro mujeres.

La gran mayoría de cuadros —tanto liberales como comunistas— se fundaron como colonos en las regiones de Gaitania y San Miguel. “Toda esa tierra la abrimos a hacha y sembramos comida y café”, cuenta Jaime Guaracas. Balín, quien fue guardaespaldas de Marulanda, recuerda: “colonizamos la zona entre los 30 que quedamos. Hicimos trochas para sacar madera y hacer fincas, comisionábamos para el Cauca y para el Huila, para Caldas y para el Valle; en todas partes creábamos cadenas y enlaces; se consiguieron préstamos de la Caja Agraria para cultivar café, se sembró comida y hasta ganado llegamos a tener”.

Los Treinta se emplazaron entre Marquetalia —llamada en ese tiempo el Támaro— y Riochiquito, mientras Lister, Richard, Cardenal formaron una columna de marcha que se desplazó con armas, mujeres, niños y bestias desde Gaitania hasta Villarrica, en el oriente del Tolima, por los caminos de Prado, Dolores, La Colonia. Allí encontraron a Ciro Trujillo. Las organizaciones que existían en Sumapaz y Tequendama albergaron el destacamento. Años después, Isauro Yosa contaba: “Villarrica era una región donde uno podía moverse tranquilo porque todos sabían quiénes éramos y a qué habíamos venido. Los camaradas eran muy respetados. Yo me mantenía dando charla, dando orientación, organizando, porque sabíamos que la calma era corta. Si la paz anochecía, no amanecía”.

 

Tercer capítulo

Nacimiento de las Farc: De El Davis a Villarrica

Un viaje hasta La Habana para reconstruir con los fundadores de las Farc los episodios que llevaron al surgimiento de esa guerrilla hace 50 años.

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Quienes impulsaron y festejaron el golpe de Rojas Pinilla tenían calculado que su papel de árbitro duraría entre el 13 de junio de 1953 y el 7 de agosto de 1954. Rojas no pensaba así y presentó ante la Asamblea Nacional Constituyente (Anac) que sesionaba —desde cuando fue convocada por Laureano Gómez— dos proyectos íntimamente ligados: la elección de Rojas Pinilla como presidente legítimo y una ley que prohibía el comunismo. Sustentó el primer proyecto en la imperiosa necesidad de consolidar el orden público y el segundo en la infiltración comunista.

Los partidos tradicionales, que ya comenzaban a temer la instauración de una dictadura militar —salvo el laureanismo y sectores marginales del Partido Liberal—, sentaron su protesta. Mariano Ospina, mentor del general y jefe supremo, quien además presidía la Anac, hizo aprobar las normas en la reunión convocada para agosto de ese año. El movimiento estudiantil, muy cercano al liberalismo, organizó en junio una manifestación en memoria de Gonzalo Bravo Pérez, caído durante una protesta contra Abadía Méndez en 1928.

En la puerta de la gloriosa Universidad Nacional cayó esta vez Uriel Gutiérrez. Al día siguiente hubo otra manifestación aún más grande y el batallón Colombia, acabando de regresar de Corea, disparó contra los estudiantes: 10 muertos y 40 heridos. El Gobierno declaró que infiltrados comunistas y agentes laureanistas habían disparado contra la tropa. Durante tres meses el Gobierno agitó esta acusación por todos los medios: “El comunismo soviético busca apoderarse de la patria”.

La ley anticomunista fue aprobada como acto legislativo número 6, firmado por Mariano Ospina Pérez y el ministro Lucio Pabón Núñez. La ley colombiana fue copiada de The subversive activities control act of 1950, impulsada por el senador Joseph McCarthy. Esta enmienda, pieza maestra de la Guerra Fría, fue la herramienta para desplegar la más brutal persecución de la izquierda norteamericana, cuyas más conocidas víctimas fueron los esposos Julius y Ethel Rosemberg, acusados de espionaje a favor de la URSS y ejecutados en la silla eléctrica en 1953. Fueron perseguidos también Charles Chaplin, Arthur Miller, Elia Kazán, John Steinbeck.

Con base en esta ley se impidió la entrada al país de Pablo Neruda. La ley que prohibía el comunismo en el país se sustentaba en los hechos del 8 y el 9 de junio y en el levantamiento del 9 de abril. La Corte Suprema de Justicia concluyó en diciembre que “en las muertes de los estudiantes no tomaron parte el comunismo ni la subversión laureanista”.

Los culpables de pertenecer, colaborar, simpatizar con el comunismo podían ser condenados a prisión entre uno y cinco años o confinados en una colonia penal agrícola. El Servicio de Inteligencia Colombiano (SIC) fue el encargado de definir quién era “rojo”. Para Rojas, “guerrilleros intelectuales” eran Eduardo Santos y Alberto Lleras. De otro lado, la ley buscaba ganar el apoyo del gobierno de EE. UU. para la reelección del “segundo libertador”, como gustaba ser llamado el jefe supremo. La política de guerra fría adoptada por Rojas Pinilla tuvo su más cruel y brutal desarrollo en la llamada Guerra de Villarrica, situada en la falda occidental del Páramo de Sumapaz, en el oriente del Tolima.

A partir de los años 40 el movimiento agrario entró en una fase política y muchos de sus dirigentes fueron a elecciones con distinta suerte. Juan de la Cruz Varela fue elegido a la asamblea del Tolima entre 1945 y 1949. Gaitán ganó las elecciones de 1947 y al año siguiente fue asesinado. En Fusa y Pasca, los nueveabrileños se tomaron la alcaldía y apresaron a las autoridades, igual a lo sucedido en Ceilán, Valle, y en muchos municipios liberales del país. El levantamiento duró una semana.

En Villarrica, que era un pueblo liberal, hubo tres muertos conservadores el 10 de abril, pero rápidamente se retornó a la normalidad. En agosto, Laureano había dicho desde España: “Creo que la guerra civil es inevitable, quiera Dios que la ganemos nosotros”. La violencia conservadora comenzó en agosto en San Bernardo, donde miembros de la policía chulavita asesinaron a tres y dejaron 15 heridos.

En octubre, Juan de la Cruz sufrió un atentado en Arbeláez, pueblo eminentemente conservador, después de lo cual el dirigente se refugió en el alto Sumapaz. Justamente en ese año fue nombrado director de la colonia de Villamontalvo Eduardo Gerlein, un barranquillero que andaba siempre escoltado por la chulavitas y que había llegado a conservatizar la región. Según Rocío Londoño, pocos días después asesinaron a 140 personas en la vereda San Pablo cuando los llevaban presos para la cárcel de Cunday.

Los homicidios, la quema de ranchos y la violación de niñas continuaron durante todo el año. Al final los campesinos habían organizado su resistencia bajo la modalidad de autodefensas campesinas. Su primera operación consistió en atacar una patrulla del Ejército, allí resultaron muertos 19 soldados. El Gobierno bombardeó la vereda de Mercadillas, donde se desarrolló la acción.

Varela fue uno de los principales organizadores de la autodefensa. Los más importantes grupos se organizaron en las veredas El Roble y Galilea, en Villarrica, y El Palmar, en Icononzo. En esta vereda ingresó Varela al Partido Comunista en 1952. Una asamblea de autodefensas lo eligió comandante del grupo junto con otros campesinos: Luis Enrique Hernández, alias Solito; Salomón Cuéllar, alias Vencedor, y Rafael Castellano, Tarzán, originalmente de las autodefensas de Viotá; Víctor Jiménez, alias Roncerías, y Luis Mayusa, alias Gavilán, que había sido parte del comando de Chicalá, Tolima, bajo el mando de Isauro Yosa.

El ataque a El Palmar se produjo en diciembre de 1952 y dio lugar a otra marcha de unas 4.000 personas hacia Villarrica. Los enfrentamientos fueron constantes y sangrientos. De Villarrica la marcha continuó hacia el alto Sumapaz buscando refugio en el páramo, donde Varela reorganizó a la gente y formó las autodefensas de la región. Los insurgentes atacaron el puesto militar de La Concepción, la base militar más importante del Ejército en el alto Sumapaz.

Con Varela en el Partido Comunista, el grueso de las autodefensas siguió las directrices del comité central, uno de cuyos más ilustrados dirigentes, Gilberto Vieira, había orientado la lucha agraria en la región del Tequendama. Varela participó en la célebre Conferencia Boyacá en 1952; en julio de 1953 tomó contacto con el general Duarte Blum, a raíz de lo cual el Gobierno atendió las demandas de las autodefensas y convinieron una entrega de armas que, según los viejos guerrilleros, fue más bien un acto simbólico porque la mayoría de armas buenas quedaron en manos de los guerrilleros. Uno de los puntos principales de la exigencia de los campesinos fue un plan de parcelación y de devolución de las tierras despojadas por los conservadores a sus legítimos propietarios. En la entrega de armas apareció Avenegra, que llegó de la región de Natagaima, donde lo habíamos dejado en el capítulo anterior.

El Gobierno creó la Oficina de Rehabilitación y Socorro y el Instituto de Colonización e Inmigración. El Partido Comunista, que conocía de sobra el anticomunismo del general, no compartió del todo la decisión y adicionó a las demandas agraristas la amnistía general y el levantamiento del Estado de Sitio, para lo cual creó el Frente Democrático. Seis meses después se hicieron regulares las quejas de los campesinos —que al regresar a sus tierras las encontraron ocupadas o vendidas— y los programas de rehabilitación nunca arrancaron.

El mismo general Duarte Blum, que había hecho los acuerdos y recibido las armas, declaró a la misión militar norteamericana que “esas promesas de ayuda económica no se han cumplido”. El tesorero del Partido Liberal dijo: “Se ofrecen pajaritos de oro y todo no queda más que en un pantalón de dril, una camisa y un salvoconducto”. En estas condiciones, numerosos grupos de campesinos que se habían desmovilizado se enmontaron de nuevo con sus familias.

El coronel Cuéllar Velandia, cinco días después de ser nombrado jefe civil y militar del Tolima, en marzo de 1955, denunció “la agitación comunista en Ortega y Villarrica” y dio comienzo a una “drástica limpieza… a fin de poner coto a la depredación”. Poco después, el oriente del Tolima fue declarado zona de operaciones militares: se decretó el toque de queda, se levantó un empadronamiento general y se construyó un campo de concentración en Cunday.

Hubo redadas generales a mediados de abril en las que fueron “trasladadas a centros de trabajo” unas 4.000 personas y 250 presos fueron remitidos al campo de concentración. Uno de ellos fue Isauro Yosa, Mayor Lister. Paralelamente, el Gobierno emitió un decreto que limitaba la libertad de prensa e impedía entregar información relacionada con actos ilegales o deshonrosos de las FF. AA., bajo pena de cárcel. La guerra comenzó de nuevo. A fines de abril de 1955 el Gobierno informó de manera sucinta sobre las operaciones militares, que “en primera fase se habían hecho para despejar el eje Cunday-Villarrica-Berlín.

El Batallón Colombia se apostó cerca de Villarrica y los combates entre fuerzas reagrupadas del Sumapaz y el Ejército fueron aumentando en frecuencia y en composición de fuerzas. En mayo hubo un enfrentamiento que duró tres días, en el que aparece ya la figura de Luis Morantes, que el país conocerá como Jacobo Arenas, y quien había continuado la agitación emprendida por Erasmo Valencia.

Juan de la Cruz Varela le escribió al Gobierno denunciando que la represión del Ejército había obligado a 2.000 trabajadores a refugiarse en las montañas para salvar sus vidas. El Gobierno aducía que la región había sido infiltrada por el comunismo soviético y que si había problemas de tierra era porque los comunistas se habían apoderado de las tierras de humildes labriegos.

Navas Pardo, amigo íntimo de Rojas y jefe del Ejército, decía que en el país había 15.000 bandidos en operación, de los cuales 3.000 era comunistas. Los militares hablaban de que en el Tolima se habían creado “superestados”. Al embajador norteamericano le comunicó que Lister, “un líder de la guerra civil española”, había muerto con otros de origen alemán, checo e inclusive ruso.

El embajador de EE. UU., en un informe al Departamento de Estado escribió que el análisis de la Brigada de Orden Público del Tolima ha llegado a la conclusión de que “todos los habitantes del área rural son bandidos en potencia”. Pero el análisis falla en presentar evidencia satisfactoria de infiltración e inspiración comunistas en la acción guerrillera. “La lucha en los alrededores de Villarrica —recordaba un guerrillero— duró entre seis y ocho meses defendiendo posiciones… decíamos que tenían que matarnos para poder sacarnos de ahí”.

Los guerrilleros, bajo el mando de comandantes que tenían experiencia de la resistencia tanto en Sumapaz como en el sur del Tolima, organizaron la que se llamó “La Cortina”, una línea defensiva de trincheras donde esperaban impedir el avance de las tropas oficiales. res, inclusive colchones, camas, gallinas” (ver recuadros).

La embajada norteamericana informó a su gobierno que entre el 7 y el 10 de junio Villarrica había sido destruida por el bombardeo aéreo y por el incendio causado por las bombas napalm. La Fuerza Aérea “nos informó privadamente que la FAC arrojó aproximadamente 50 bombas napalm fabricadas aquí (en Colombia)”, lo que permitió la captura de la Colonia, que había sido zona de colonización desde los años 40 y que el Ejército consideraba la sede del movimiento comunista. Felipe Salazar Santos, jefe liberal del Tolima, escribiría más tarde: “Fue una ocupación militar y política de ‘tierra arrasada’… contra todo lo sospechoso de comunista”. Según Navas Pardo, la ofensiva “rompió la organización comunista en el oriente del Tolima.

Desde el golpe militar, Rojas entró en conversaciones con el gobierno de EE. UU. para comprar armas por un valor de 150 millones de dólares, suma que era superior al total de asistencia militar a América Latina. Se dijo que el Gobierno gastó la cosecha cafetera de 1954, que alcanzó los más altos precios de la década, en armas y pertrechos. En mayo de 1955 había comprado 3.000 bombas napalm, que, como se sabe, son gasolina espesada que al estallar se derrama a una temperatura de 700 grados centígrados. No obstante, el embajador norteamericano cuestionó el negocio de las armas, consideradas por él mismo como “de terror” porque supondría un uso que podría ser desaprobado por todo el continente.

Sin embargo, ante la insistencia de los militares colombianos que habían determinado que la guerra contra las guerrillas se debía terminar el 8 de junio para conmemorar el golpe de Estado, aceptó que “la misión aérea en Bogotá auxiliara técnicamente a la FAC en la preparación de bombas. Así concluyen Silvia Galvis y Alberto Donadío en su biografía sobre Rojas Pinilla: “El bombardeo fue de manufactura múltiple: asesoría norteamericana, materia prima europea y mano de obra colombiana”.

La violenta y desproporcionada ofensiva de las FF. MM. sobre Villarrica obligó a los guerrilleros no sólo a romper la cortina, sino a cambiar radicalmente de estrategia y a convertir su fuerza en lo que se llamó guerrilla rodada o móvil. Estas guerrillas hostigaron al Ejército con el objetivo de permitir que la población civil fuera evacuada hacia el alto Sumapaz, donde el movimiento de autodefensa organizado por Varela había sido y seguía siendo muy fuerte, El Ejército temía el enfrentamiento y en cierta medida lo evitó a pesar de bombardeos y ametrallamientos esporádicos. Otro contingente civil compuesto emigró hacia la Hoya de Palacio en las cabeceras del río Duda, que bota sus aguas al Guayabero. Fueron marchas verdaderamente heroicas. Cientos de familias sin comida, con niños, animales domésticos, bártulos.

Perseguidas por tierra y aire por las FF. MM., lograron en seis meses escapar de la ofensiva e instalarse en las regiones altas del macizo de Sumapaz. Otras fueron evacuadas y fundaron colonizaciones en las vertientes del río Guayabero, del Ariari y de El Pato. Toda la vertiente del Orinoco. Algunas regresaron a Villarrica.

Rocío Londoño afirma que los comandantes guerrilleros formaron cinco contingentes, “uno al mando de Richard que, como se recordará, había llegado desde El Davis; el segundo al mando de Diamante; el tercero al mando de Palonegro; el cuarto con Avenegra, también del sur del Tolima, y el quinto con Tarzán, venido del Tequendama, y de Luis Mayusa, Gavilán. En diciembre se reunió una conferencia de comandantes a la que asistieron, entre otros, Varela, Vencedor, y Anzola, dirigentes guerrilleros, con el fin de organizar la resistencia armada y la colonización de las regiones de La Uribe y El Duda.

También se habló de crear un ejército de liberación nacional. Entre 1955 y 1957 las dos estrategias complementarias de sostener una guerra de guerrillas rodadas desde el Guayabero y el Caguán hasta el Magdalena, y al mismo tiempo colonizar la vertiente oriental del Sumapaz desde el Ariari, en Meta, hasta El Pato, en Caquetá-Huila, se pusieron en práctica. Fue lo que se ha llamado la colonización armada. Mientras esto sucedía y Rojas fundaba la Tercera Fuerza, Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez firmaban el Pacto de Benidorm en España, base del Frente Nacional.

En el oriente del Tolima, Juan de la Cruz Varela entró en conversaciones con Rafael Parga Cortés —que conversaba también con Mariachi en Planadas, en el sur del departamento—, exigiendo garantías del Gobierno para volver a sus fincas y regresar a sus dueños legítimos las tierra usurpadas, abrir líneas de crédito barato, dotar de herramienta e insumos a los agricultores, abrir la cárceles, adjudicar baldíos sin costo, levantar el estado de sitio y desmontar las “guerrillas de paz” y las bandas de pájaros y chulavitas.

El gobierno de Alberto Lleras instituyó el Plan Nacional de Rehabilitación Nacional. Manuel Marulanda Vélez se acogió y, sin entregar armas, fue nombrado inspector de la carretera entre Planadas, Gaitania, San Luis y Aleluya. Los combatientes y sus familias que se refugiaron en las regiones de Marquetalia y Riochiquito y los que lo hicieron en el Ariari, el Guayabero y El Pato, adelantarían el desmonte de selvas y la fundación de fincas. Serían las que los militares y Álvaro Gómez llamarían Repúblicas Independientes.

 

Cuarto capítulo

Asalto a Marquetalia

El escritor y sociólogo que mejor conoce las zonas de conflicto en Colombia viajó a La Habana para reconstruir con los fundadores de las Farc los episodios que llevaron al surgimiento de esa guerrilla hace 50 años. Hoy, los días definitivos, según los generales Álvaro Valencia Tovar y Belarmino Pinilla y el comandante insurgente Jaime Guaracas.

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La luna de miel entre Rojas Pinilla y los partidos tradicionales se comenzó a romper a principios de 1956. El precio del café se desplomó. De un promedio de 80 centavos de dólar la libra en el año 54, bajó en 1957 a 65 centavos libra. La economía, que hasta entonces se había mostrado solvente, se resintió y la banca y la industria acusaron creciente malestar. De otro lado, liberales y conservadores no tenían duda de que la intención del Jefe Supremo era hacerse reelegir por la ANAC entre el 58 y el 62, apoyado en la Tercera Fuerza, el nuevo partido. Para rematar, el enriquecimiento de la familia Rojas era comidilla de toda reunión. Belisario Betancur, Guillermo León Valencia, Alberto Lleras Camargo impulsaron una alianza conspirativa. La sede de la Andi se convirtió en el cuartel general donde se organizó la caída del régimen. La Iglesia y un sector de militares se unieron al movimiento y el 10 de mayo de 1957 Rojas y su familia salieron rumbo al exterior.

Por aquellos días las columnas de marcha que habían huido organizadamente de Villarrica con cerca de 10.000 personas se fundaron en las regiones de El Pato, Guayabero y el Ariari, y crearon, según el general Valencia Tovar, las repúblicas independientes. Charro Negro, Manuel Marulanda y Ciro Trujillo dominaron, con unos pocos hombres armados, los caminos entre Riochiquito y Gaitania y dirigieron la colonización campesina armada de estas últimas zonas desde los campamentos guerrilleros de La Símbula en Cauca y El Támaro en Tolima. Según Jaime Guaracas —uno de los comandantes—, los guerrilleros tumbaron selva, sembraron maíz y fundaron el pueblo de Riochiquito.

No eran estas zonas las únicas que habían vuelto a la pelea. Sumapaz, el norte del Valle, el oriente de Huila, el occidente de Cundinamarca, Quindío, el noroeste de Antioquia, el Magdalena Medio, guerrillas y cuadrillas de bandoleros retomaron las armas. A diferencia del gobierno de Rojas, que consideraba la violencia —a decir de Gonzalo Sánchez, gran estudioso del fenómeno— una gigantesca ola de criminalidad, para el Frente Nacional en sus primeros días se trataba de una verdadera guerra civil no declarada. Sobre esta premisa Alberto Lleras creó, un mes después de posesionarse como presidente, la Comisión Especial de Rehabilitación y, poco después, la Comisión Nacional Investigadora de las Causas de la Violencia, que iniciaron acercamientos con los grupos armados buscando negociar su desmovilización a cambio de programas sociales: tierras, créditos, vías, asistencia técnica, salud, educación. Las mismas promesas de siempre. El daño de la violencia en vidas había sido enorme: 240.000 homicidios.

El Gobierno puso el énfasis del plan de rehabilitación en el departamento del Tolima, donde era gobernador Darío Echandía, que ofrecía volver “a pescar de noche”, y donde la violencia había sido particularmente brutal: 35.000 casas campesinas habían sido incendiadas. A pesar de los diagnósticos que mostraban la íntima relación de la tierra con la guerra, las inversiones se dirigieron principalmente hacia la construcción de obras públicas.

En 1959 se emplearon 6.700 hombres en 110 frentes de trabajo, en uno de los cuales Manuel Marulanda fue inspector jefe de carretera. Muchos de sus compañeros, sin desarmarse puesto que el programa no lo exigía, trabajaron bajo sus órdenes en la construcción de la carretera Aleluyas-El Carmen. El general Belarmino Pinilla, quien fue después comandante de la flotilla de helicópteros que ocupó Marquetalia, recuerda que “Tirofijo trabajaba de noche como taxista en Neiva para redondear el sueldo”.

Los guerrilleros volvieron a trabajar el campo. Charro Negro recibió un préstamo y se dedicó a negociar bestias y a dar funciones de cine en los pueblos con una máquina que el programa le facilitó. Isauro Yosa compró una mejora e hizo un hato lechero. Joselo se fundó en Planadas. Isaías Pardo abrió una finca. “Usted no se imagina lo que era ese hombre derribando monte”, recuerda Jaime Guaracas, su compañero, que colonizó tierra en Gaitania. Marulanda compró una casa en Gaitania; mientras tanto, Ciro Trujillo se empeñaba en construir el pueblo de Riochiquito. Las guerrillas de autodefensa se transformaron en un movimiento agrarista. Charro Negro fue nombrado presidente de la Unión Sindical de Agricultores de Tolima y Huila, y Ciro Trujillo ocupó idéntico cargo en la Unión de Agricultores de Riochiquito y Tierradentro.

Cabe recordar que el 1º de enero de ese año Fidel Castro entró victorioso a La Habana y poco después el Che Guevara en Punta del Este acusó a Estados Unidos de importar a América Latina la Guerra Fría. En Colombia, el presidente Lleras Camargo había aprobado el Plan Lazo, a la sombra de la Alianza para el Progreso, siendo comandante del Ejército el general Ruiz Novoa, que había dirigido el Batallón Colombia en Corea. Se trataba de una estrategia que daba gran importancia a los efectos psicológicos de la acción cívico-militar inspirada en la doctrina de Seguridad Nacional. El triunfo de la Revolución cubana impulsó —como reacción a ella y a su influencia regional— la aplicación de esta teoría como una estrategia de contención del comunismo. Al ser nombrado Ruiz Novoa ministro de Guerra por el presidente Valencia (1962-1966), convirtió el Plan Lazo en fundamento de la guerra contrainsurgente.

El programa de rehabilitación integró también a excombatientes del liberalismo como los generales Mariachi y Arboleda, que se habían separado de los comunes y sostenían con ellos una guerra abierta. Mariachi acusó al movimiento agrario de Marquetalia del robo de 200 reses; Isaías Pardo respondió: “Las tomamos porque el Gobierno no nos ha cumplido las promesas”. Mariachi invitó a Charro Negro a una reunión en Gaitania para arreglar el problema. Charro asistió. Se trataba de una emboscada de la cual no salió vivo.

Marulanda viajó a Neiva y a Ibagué a denunciar el asesinato. La respuesta del Ejército fue clara: “Ya vamos para allá a imponer orden”. Marulanda entendió el mensaje y de regreso a Gaitania reorganizó a sus hombres, que dejaron abandonadas las herramientas de trabajo y volvieron a los fusiles. Era el 11 de enero de 1960.

El movimiento agrario de Marquetalia se transformó en Autodefensa Regular, que, según testimonio de Guaracas, fue creada “con la misión de estar patrullando, previendo cualquier peligro para poder trabajar más tranquilos”. No obstante, Marulanda montó emboscadas contra el Ejército en las carreteras El Carmen y el Alto, donde les quitó varios fusiles a las tropas del Gobierno. La reacción de la Sexta Brigada fue, según el propio Mariachi, armar un grupo de exguerrilleros liberales o limpios.

A mediados de 1961 el Partido Comunista citó a una conferencia de autodefensas en El Támaro —que desde entonces se llamó Marquetalia— a la que acudieron delegados de El Pato, Natagaima y Guayabero y donde los representantes del comité central hicieron a Marulanda una fuerte crítica por las acciones contra la fuerza pública. Marulanda argumentó que él no se iba a dejar liquidar ni por el Gobierno ni por los limpios.

Poco tiempo después, el Ejército ocupó El Hueco, uno de los campamentos de las autodefensas, de donde la fuerza pública pudo pasar a San Miguel y La Suiza, ya en el corazón de Marquetalia. El control sobre el movimiento de los pobladores, la información sobre sus parcelas y la limitación de su abastecimiento se hicieron críticos. La estrategia de control sobre un área determinada buscó impedir, según el general Álvaro Valencia Tovar, que las guerrillas de Marquetalia se regaran por toda la región, que era precisamente el objetivo que Marulanda planteó en esa conferencia y que está implícito en la expresión “guerrilla rodada”.

A principios del año 62, el Ejército entró a Natagaima en son de guerra por considerar que el Partido Comunista ejercía de hecho la autoridad sobre la zona, que por lo demás había sido sede del Consejo Supremo de Indias, fundado por Quintín Lame en 1920, de donde había salido años atrás una de las marchas hacia El Davis. La gente huyó a las márgenes del río Anchique.

Las tropas oficiales mataron, según se denunció, más de 15 personas, entre ellas a Avenegra, que había regresado de Villarrica. En honor a esos muertos se organizó un grupo de autodefensa que se llamó 26 de Septiembre, fecha de la masacre. Un mes después, Álvaro Gómez pronunció su famoso discurso sobre las repúblicas independientes. Lleras Camargo hizo caso omiso del ataque de Gómez, pero el alto mando del Ejército tomó nota y comenzó a elaborar la gigantesca operación militar que denominó “Operación Soberanía”.

Más allá de los aspectos puramente tácticos, lo esencial de la nueva estrategia fue la política de acercamiento a la población civil. El Plan Lazo elaboró estrategias diferentes para las regiones de Marquetalia y Riochiquito. Mientras para Marquetalia planeó una operación militar de tierra arrasada, para Riochiquito ensayó al comienzo operativos cívico-militares. Gilberto Vieira denunció en la Cámara los planes militares y responsabilizó al Gobierno de los efectos que ello pudiera traer al país.

Durante todo el año 1963, Marulanda amplió la influencia de las autodefensas regulares a una gran área comprendida por Balsillas, Aipe, Palermo, Órganos, Chapinero, San Luis, La Julia, Aipecito, en Huila; El Carmen, Natagaima, El Patá, Monte Frío, Praga, Casadecinc, Santa Rita, Sur de Atá y Gaitania, en Tolima. Esta amplia región fue la que en realidad constituyó la denominada “República Independiente de Marquetalia”, donde, previendo los operativos del Ejército, las guerrillas se dedicaron a cultivar maíz y arroz, a construir depósitos para almacenar alimentos y pertrechos, a organizar a la población civil bajo unas normas de convivencia y a adiestrar unidades y mandos militares. Dice Guaracas: “Ese año se orientó construir caletas en la profundidad de la selva y almacenar allá la provisión que más se pudiera, según las posibilidades de cada familia. Pensábamos que si una familia tenía que esconderse tuviera por lo menos para seis meses de sobrevivencia… Estábamos creando zonas de reserva”.

A fines del año las autodefensas, después de celebrar la Nochebuena y el Año Nuevo, se atrincheraron en puntos estratégicos para esperar la ofensiva de las Fuerzas Militares. Valencia Tovar dice que en marzo de 1964 hubo siete ataques de la guerrilla al Ejército que le causaron nueve bajas. Ese mismo mes, un avión desconocido hasta entonces para las guerrillas, el T-33, hizo los primeros vuelos rasantes sobre el cañón del Atá. Por esos días Arturo Alape fue enviado por el Partido Comunista a Guayabero, y Jacobo Arenas y Hernando González a Marquetalia.

El 16 de abril “nos confundimos en un abrazo fraterno con Manuel Marulanda y un grupo de muchachos que ya esperaban el avance de la tropa”, escribió Jacobo en su Diario de la Resistencia. Una de las primeras medidas tomadas por los guerrilleros fue citar a una conferencia para informar sobre la Operación Marquetalia, que se veía venir, y nombrar un secretariado de resistencia compuesto por Marulanda, Isauro Yosa y los recién llegados. Escribieron una carta abierta al presidente Guillermo León Valencia donde puntualizaron: “Nuestro ‘delito’, que la locura de vuestra excelencia estimula, reside en nuestra firme oposición al sistema bipartidista del Frente Nacional”.

La conferencia adoptó una estrategia fundamental: “La movilidad absoluta y total de las guerrillas y la no aceptación de una guerra de posiciones”. La preocupación central consistió, en ese momento, en la evacuación de la población civil del teatro de guerra. Fue una tarea ardua y triste. Guaracas recuerda que “los hombres acompañaban a sus mujeres y a sus hijos hasta el lomo de la cordillera, donde los despedían y regresaban a los comandos”. Las familias cargaban lo poco que podían llevar a cuestas —una muda, un par de gallinas, algún marrano— hacia lugares previamente determinados por el secretariado o estado mayor del movimiento llamado Bloque Sur.

El 18 de mayo a las 9 de la mañana Caracol informó que la Operación Soberanía contra la República Independiente de Marquetalia había comenzado. Marulanda dijo, según Guaracas: “Ahora sí se nos vienen para acá”. El Gobierno emprendió la operación con el experimentado Batallón Colombia al mando de José Joaquín Matallana y efectivos de los batallones Tenerife, Roocke, Boyacá, Galán, comandados por el brigadier Currea Cubides.

Oficialmente, el general Valencia Tovar sostuvo: “Los efectivos sumados apenas pasaban de 1.200 hombres”; la guerrilla calculó que la fuerza osciló entre 10.000 y 16.000 soldados, apoyados por aviones T-33 y por siete helicópteros. Según Guaracas, las guerrillas estaban compuestas por 30 hombres armados. “El arma más ventajosa era una carabina San Cristóbal; las demás, ocho fusiles M1, y el resto, fusiles de perilla”. Gregorio Fandiño, sargento que participó en los combates, da una cifra exacta: 3.375 militares.

Según El Espectador, el Ejército la consideró “una operación civilizadora”. El 21 de mayo publicó en primera plana un reportaje de Jack Brannan. “El ejército (de EE.UU.) reveló hoy (en Washington) que ha contribuido a la eliminación de los bandidos que aterrorizaron la campiña de Colombia durante los últimos 16 años. Un vocero militar añadió que el Ejército suministró asesores de operaciones bélicas especiales y helicópteros al Ejército colombiano. Desde 1958 los merodeadores perdieron todos sus objetivos políticos y se dedicaron meramente al robo y al asesinato… y se calcula que en 10 años mataron 23.000 personas”.

El primer gran encuentro tuvo lugar en La Suiza, sobre el río Atá, el 20 de mayo. Fue un combate intermitente que permitió a la guerrilla de Isaías Pardo montar una emboscada donde cayeron los primeros soldados. “La radio —escribió Jacobo— informó de un oficial muerto y varios soldados heridos”. Guaracas, que participó en el combate, no habló de bajas, pero sí de “trilla al Ejército”. El 7 de junio, El Espectador tituló: “Ola de terrorismo anoche en el país: 28 bombas en Bogotá, 5 en Medellín, 1 en Manizales y 3 en Palmira”.

El 14 de junio, la FAC bombardeó con proyectiles de alto poder el altiplano de Marquetalia, que era la sede del comando de Marulanda. El bombardeo fue acompañado por ametrallamientos aéreos que facilitaron el desembarco de 400 unidades aerotransportadas. El hoy general Belarmino Pinilla, quien comandaba como capitán la flotilla de helicópteros, recuerda así la acción: “Habíamos construido una base para helicópteros en la cordillera, donde congregamos la tropa de asalto, unos 400 hombres. Para esa operación utilizamos cuatro helicópteros: dos Iraquois y dos Kamande giro entremezclado. Acordamos hacer un circuito elíptico que recorríamos a prudente distancia. Las máquinas cargaban y descargaban alternativamente la tropa en un potrero donde estaba el comando central de Tirofijo. Yo fui el primero en entrar a Marquetalia en el helicóptero con Matallana. Hice un vuelo estacionario a 10 metros de la choza sabiendo que los guerrilleros estaban ahí, pero al oírnos salieron disparados de la sorpresa tan berraca. Yo le había dicho a Matallana: ahí no se puede aterrizar, entonces hago un vuelo estacionario y ustedes saltan y que Dios los proteja”.

El recuerdo de Guaracas coincide en este punto: “Abandonamos el campo y quemamos la casa de Marulanda porque no se iba a permitir que el enemigo se sirviera de sus cosas”. Un par de francotiradores dificultaron el avance de la tropa. Matallana declaró que la lentitud en coronar el objetivo se debía al minado del área. Jacobo dio cuenta de que el 15 de junio dos cazas “lanzaron bombas sobre el caleterío donde se concentraba la mayoría de las familias en la selva. Quince niños resultaron muertos”. Guaracas confirmó el episodio. El general Pinilla lo niega: “Nunca bombardeamos blancos civiles, pero —confiesa— sí utilizamos napalm”. Marulanda había instruido a su gente: “Cuando los aviones ametrallan o bombardean, lo están haciendo a tientas, no están apuntando sobre cada uno de nosotros porque no nos ven. No hay que asustarse ni perder el control ni la moral porque quien pierde el control queda bajo la acción del pánico, y en ese momento no se sabe para dónde coger”. Se advirtió también un brote de lo que los guerrilleros llamaron “viruela negra”, cuyos síntomas eran una fiebre altísima y la aparición de llagas.

Las guerrillas no pudieron contener la fuerza del Ejército y se movieron hacia lo que se conocía como el alto de Trilleras, que Marulanda había señalado como el sitio de reunión. Según Guaracas, 25 hombres pasaron la noche esperando el combate, divertidos por los chistes de Marulanda. Fue la última noche que “íbamos a dormir cerca de nuestras casas”. A las 4 de la mañana se comenzó a preparar la emboscada. El Ejército entró en el área después de un intenso bombardeo y cuando todo les parecía dominado, la guerrilla atacó y, según Jacobo, causó siete muertos y 20 heridos al Ejército. Guaracas comentó sobre el combate: “Fue una pelea larga, muy buena”. Cerca de allí el Ejército intentó otro desembarco para izar la bandera nacional, pero “la guerrilla lo impidió hasta última hora”.

El 18 de junio, por fin, el Ejército logró asegurar el área. Los altos mandos, dice Jacobo con sorna, “hicieron entrega al Gobierno, con la presencia de varios ministros, de Marquetalia libre de bandoleros”. Cuatro días más tarde, cuando el Gobierno celebraba el triunfo, fue activada una bomba de alto poder que permitió a los guerrilleros recoger una ametralladora calibre 50 y varios fusiles. El 22 de junio el Ejército ocupó totalmente la región con lo que —escribió Jacobo— “la guerra pasaba de la resistencia a la guerra guerrillera auténtica”. La guerrilla se hizo invisible y el Ejército perdió todo contacto con ella.

Los bombardeos continuaron intermitentes sobre posiciones que la guerrilla había abandonado. En medio de ellos, el secretariado de resistencia citó el 20 de julio a una asamblea que aprobó el Programa Agrario cuyo primer punto convocaba a la lucha por una “reforma agraria auténtica: que cambie de raíz la estructura social del campo, entregando en forma gratuita la tierra a los campesinos que la trabajen o quieran trabajarla, sobre la base de la confiscación de la propiedad latifundista”.

El segundo punto decía que los colonos, ocupantes arrendatarios, aparceros agregados recibirían títulos de propiedad sobre los terrenos que explotaran y se crearía la unidad económica en el campo, y llamó a la creación de un Frente Único del Pueblo. Guaracas opinó que la declaración fue la respuesta a la ocupación de todo ese territorio de colonización de Marquetalia, “donde los campesinos habían descargado sus hachas para fundar y construir un rancho”.

La revista Life informó pormenorizadamente los resultados de la Operación Marquetalia: los bandoleros no sólo no habían sido derrotados sino que habían logrado consolidarse como fuerza guerrillera. Concluía que la ocupación militar había costado 300 millones de pesos. A lo que Ruiz Novoa respondió con un “no tanto”. Según los cálculos de Jacobo, se habían incendiado 100 ranchos, ocupado los terrenos abiertos, devorado 100.000 gallinas, robado 10.000 reses, encarcelado 2.000 campesinos y asesinado 200.

La guerrilla se esfumó, se volvió un fantasma para el Ejército.

 

 

Quinto capítulo

La ruta de la cancharina

El escritor Alfredo Molano Bravo recuenta los días en que un grupo de guerrilleros y campesinos asentados en Marquetalia (Caldas) salieron huyendo hacia el Cauca, de donde surgieron nuevas repúblicas independientes y nacieron las Farc, hace 50 años.

http://www.elespectador.com/noticias/nacional/ruta-de-cancharina-articulo-499801

El Ejército se tomó Marquetalia el 18 de mayo de 1964. Más allá de las fotografías en primera plana de los diarios y de las condecoraciones por servicios distinguidos, los militares no supieron ni cuándo ni cómo se les había escapado la guerrilla. El entonces coronel Matallana, que había comandado el asalto, declaró que por las noches se oían estallidos de bombas que a la luz del día resultaban minas que, según su versión, habían podido ser activadas por los animales de la selva. El oficial estaba perdido. Lo que había era un laberinto de trochas que no llevaban a ninguna parte, como lo confesó siendo general, salvo una que conducía a otra por donde se replegaron Marulanda y sus hombres. “Era una trocha ancha, estructurado su piso… oculta a la observación aérea… una obra con una magnitud verdaderamente estratégica. Además, con gran acierto, ellos concibieron la trocha de tal manera que no salía propiamente del puro Marquetalia, sino de bien adentro de la selva”. Y llevaba a Riochiquito, una región que Charro Negro, Ciro Trujillo y Marulanda venían preparando como retaguardia desde el comienzo mismo desde los días de El Davis. Ciro Trujillo, Mayor Ciro, fue uno de los primeros guerrilleros liberales que incursionaron en la región. Había organizado en el año 50 el comando de El Pajuil, desde donde marchó con su gente hacia El Davis. Cuando el Ejército entró, en el año 52, Trujillo se refugió en Villarrica y regresó al sur del Tolima en los días que Charro Negro y Marulanda fundaban Marquetalia.

Riochiquito es una zona de Tierradentro, Cauca, territorio de los indígenas paeces o nasas. Un pliegue de la falda del nevado del Huila, donde llegaron también Charro Negro e Isaías Pardo, ambos de sangre pijao, a organizar un comando en Símbula, en las goteras de Riochiquito. Cabe recordar que esa región fue un campo de sangrientos enfrentamientos entre los paeces y los pijaos antes de la conquista española. Por esa razón, sin duda, los guerrilleros al principio no fueron bien recibidos por los indígenas. Con ayuda de colonos blancos y de un indígena que llegaría a ser comandante, Laurentino Perdomo, los forasteros hicieron mejoras en medio de la selva, sembraron maíz y caña, y aprendieron a cocinar la cancharina, una arepa de maíz y panela. Poco a poco fueron llegando otros campesinos que huían de la violencia en Tolima cuando Rojas Pinilla ilegalizó el Partido Comunista. Debieron ser muchos, porque pronto apareció una tienda, después un billar, una escuela, y así las bases de un poblado. Monseñor Enrique Vallejo, prefecto apostólico de Tierradentro, informado de la punta de colonización que se establecía, y sabiendo su origen y su propósito, presionó al Gobierno para que la sacara; un tal Miguel Valencia, alias Renco, fue utilizado para hostigarla. Rechazado por las guerrillas, entró el Ejército, se apoderó del pueblo que estaban trazando los guerrilleros y lo incendió. Se bloqueó la región. No entraban mercancías ni salían productos. Desde Marquetalia llegó la Comisión de los Treinta, compuesta por guerrilleros que no habían entregado las armas a Rojas Pinilla, comandada por Marulanda y Charro. El historiador inglés Malcolm Menzies afirma que Tirofijo aprendió a leer en esa Comisión. Fue otro intento de autodefensa, ya que los guerrilleros concentraron su fuerza en sembrar comida para burlar el bloqueo, pero también organizaron a los pobladores como sindicato agrícola.

Como parte de la política de pacificación de Lleras Camargo (1959), llegó a Riochiquito una comisión encabezada por el padre Reinaldo Ayerbe Chaux, según documento publicado por José Jairo González en su libro El estigma de las Repúblicas Independientes. El cura quedó admirado con los “lindísimos sembrados de maíz y fríjol” y, sobre todo, con los colonos organizados “por hombres de fila del Tolima”. “En todo este personal no encontré ni crueldad, ni sevicia, ni maldad. Hay un fondo maravilloso de rectitud, de sinceridad y de bondad que deseo pregonar”. Y remata el hermano del general Ayerbe Chaux, perteneciente a una de las familias más aristocráticas de Cauca: “Hay propiedad privada y completa independencia en la administración de dicha propiedad. El trabajo comunitario, como me explican los jefes, fue necesario para poder sustentarse en el tiempo de la guerrilla. Actualmente cada cual tiene su parcela y trabaja para sí … Esa gente tiene labranzas que abrir y prefiere el trabajo campesino a vivir asalariada y pendiente de un patrón”. El jefe de los “hombres de fila” era Ciro Trujillo, alias Mayor Ciro. El VIII Congreso del Partido Comunista —diciembre de 1958— había recomendado: “La lucha por el poder se debe concebir como actividad de las masas en diferentes frentes; no únicamente como acción guerrillera. Dejen quietas las armas. Incluso en descanso pueden continuar siendo elementos de disuasión frente a la reacción y a la injusticia”. Charro Negro asistió a las sesiones del Congreso. Un año antes había sido lanzado al espacio, por la entonces URSS, el primer satélite, el Sputnik. Ciro fundó la Unión Sindical de Trabajadores de Tierradentro y Riochiquito, organización que carnetizó a sus miembros —lo que en realidad equivalía a emitir registros civiles—, distribuyó parcelas a los excombatientes, construyó escuelas y abrió caminos. Marulanda y Ciro acordaron una relativa y estratégica independencia de los dos movimientos de autodefensa con mandos separados y normas de convivencia propias. Fue un período de paz incómoda, porque ni monseñor Vallejo ni la Fuerza Pública dejaron de vigilar los desarrollos de esta singular —hasta entonces— colonización, que a pesar de todo nunca pudo integrar bien indígenas y campesinos. Los directorios liberal y conservador de Belalcázar, centro político y religioso de la región, le escribieron al gobernador de Cauca diciéndole que “la benévola tolerancia con que han sido tratados los antisociales de Riochiquito ha determinado la absoluta falta de protección de los vecinos de Tierradentro y como consecuencia de ello el que se haya garantizado la impunidad a la cuadrilla de Ciro Castaño”. Informes de inteligencia dieron cuenta de que se trataba de una “organización comunista cuyo número de hombres se considera en 1.000 con una organización y disciplina casi perfectas, de los cuales 500 se hallan en actividad y 500 en receso. Están armados con ametralladoras y fusiles, tienen uniformes y un equipo de transmisiones cuyo sistema se desconoce”.

La paz de Lleras fue rota en dos puntos: en Gaitania, con el asesinato de Charro Negro a manos de Mariachi, y en un violento enfrentamiento que tuvieron las autodefensas campesinas, al mando de alias Teniente Antonio, en el páramo de Moras. Marulanda y Ciro se prepararon para la ofensiva del Gobierno contra las que comenzaron a llamarse repúblicas independientes. Ciro expulsó de la región a quienes fueran desafectos a la recién fundada Unión Sindical de Trabajadores de Tierradentro y Riochiquito.

El entonces capitán Valencia Tovar, pariente del poeta Guillermo Valencia —el gran enemigo de Quintín Lame— y del presidente Guillermo León Valencia —que preparaba la invasión a las repúblicas independientes—, tomó contacto con Mayor Ciro en abril de 1964, cuando estaba a punto de iniciarse la ‘Operación Marquetalia’. Su objetivo fue: “Neutralizar Riochiquito mediante una aproximación de acciones psicológicas y cívico-militares, y buscar un entendimiento sobre la base de desmovilización y desarme”. Encontró a Riochiquito “bastante cultivado en combinación con extensiones selváticas, y partido por quebraduras profundas”. Llegó en un helicóptero; Ciro no salió al encuentro previamente convenido, pero el capitán conversó con un dirigente del sindicato a quien felicitó “por haber organizado la comunidad agraria que todos estábamos dispuestos a apoyar” y recibió “quejas amargas contra las autoridades y gentes armadas del Cauca”. Unos días después regresó el alto oficial. El Mayor apareció en un caballo blanco y revólveres a la cintura. “Era bajo, fornido, tez oscura y torso ancho”. Se quejó de que “el Gobierno no se asomara si no a echar bala y a matar campesinos”. Valencia le propuso trabajar en compañía haciendo escuelas y puentes con la dirección del Ejército y mano de obra local. El alto oficial regresó a proponerle al Gobierno que “Riochiquito quería vivir en paz, pero Tirofijo lo forzaba a secundar sus embestidas feroces. Si se le daban 20 carabinas Cristóbal de repetición y 300.000 pesos, él se comprometía a matarlo y así asegurar la paz de todos”. En efecto, la escuela se construyó mientras Mayor Ciro decía: “Nos están dando el dinero para que les construyamos no una escuela, sino el local para alojar al Estado Mayor de Tierradentro… pero se van a quedar con un palmo de narices porque cuando venga la agresión, lo primero que va a arder es ese local”. Guaracas dice que “Ciro fue tan fiel, que todo lo que conversaba con Valencia lo consultaba con el movimiento”. En la última visita de Valencia Tovar, según su relato, Mayor Ciro le reclamó los fusiles y el dinero. “Es una decisión del Gobierno y no del Ejército”, respondió el oficial, que presumía que una vez entregadas las armas, Ciro podía secuestrarlo para impedir la ofensiva militar. No obstante —escribió Valencia—, las obras prometidas no se suspendieron y se nombró coordinador al coronel Petronio Castilla, mientras el Plan Meteoro contra Marquetalia tenía lugar. Marulanda y su gente saldrían de la región por la antigua trocha abierta por los indígenas paeces. Así lo cuenta Miguel Pascuas, que luego sería fundador del Sexto Frente de las operaciones militares y que vive hoy en Cuba: “Después de muchos combates salimos hacia el comando de Ciro Trujillo en Riochiquito. Eso significaba ocho días por trocha para llegar hasta allá, pasando por el Símbula. Ya asentados por esos lados, veníamos intermitentemente a Marquetalia a pelear unos días y otra vez regresábamos a Riochiquito. Ahí generalmente, promediando, entre ida y vuelta y los ratos de pelea, nos gastábamos 20 días, pero cuando montábamos emboscadas y la tropa enemiga demoraba en pasar por el lugar preparado, el tiempo de espera se nos alargaba hasta por un mes, pero no nos regresábamos sin pelear, había que pelear”. Esa trocha, verdadera ruta de la cancharina, fue la correa de transmisión entre estos movimientos campesinos armados y la cuna de todas las demás repúblicas independientes.

A mediados del año 65, el grupo de civiles armado por el Ejército y auspiciado por monseñor Perdomo, al mando del nombrado Miguel Valencia, mató a siete personas en el Cocuyal, entre las que se encontraban un hijo y un sobrino de Mayor Ciro, quien le escribió a Valencia Tovar: “A mi hijo Abacup lo remataron de 17 machetazos después de herirlo con un tiro de fusil en la espalda. Cuando llegué ya era tarde, se había desangrado”. La inteligencia militar identificó a todos los criminales, pero nunca los persiguió. No era el único grupo paramilitar socorrido por el obispo, quien, se dice, encabezaba comisiones armadas; sobre el Símbula actuaba Apolinar López con notoria persistencia. Con todo, Ciro conservó la calma e incluso acordó con el Ejército patrullar con su gente el camino de Cocuyal a Riochiquito. Sin embargo, el 10 de septiembre se produjo un combate y el 15, según Jacobo Arenas, “ocho aviones a reacción acometieron violentamente con nutrido bombardeo y ametrallamiento”. El Ejército desembarcó tropa de siete helicópteros muy cerca del pueblo y Ciro dio la orden de incendiarlo. El 17 escribió Jacobo: “Sobre la región apenas se nota una leve neblina de humo azul”. La población civil había sido evacuada unas semana antes “con fardos y líchigos a cuestas: niños, perros, gatos, mulas, vacas y gallinas e incluso en el hombro de Anita Ortiz, una lora”, y se concentró por los lados de Mazamorra. En esos días entraron a la zona de guerra los cineastas franceses Jean Pierre Sergent y Bruno Muel, acompañados por Pepe Sánchez, y filmaron los bombardeos y combates de la guerrilla. Sería una pieza histórica de la época. Tratando de sacarlos del área cayó en una emboscada Hernando González, que había llegado a Marquetalia un año atrás.

Más tarde concluiría Jacobo, en su “Diario de Campaña”: “Todo indica que nuestra táctica fue burlada, que nuestro dominio del terreno, que conocemos como las manos, no corresponde a la táctica nueva del Ejército (que) va ocupando los puntos débiles sin lucha… nos ha ganado ayer con la inteligencia antes que con la fuerza del número y de las armas”. Con todo, Marulanda rompió el cerco y concentró a su gente —más de cien hombres— cerca de Inzá, Cauca, un pueblo de intensa actividad comercial, con Caja Agraria, cuartel de Policía y distante del teatro de guerra. El 26 de septiembre los guerrilleros montaron un retén en la carretera a Belalcázar. El primero en pasar fue un bus escalera que transportaba unos presos guardados por un piquete de Policía. El combate fue muy corto y murieron dos monjas que iban en el bus. La guerrilla se tomó Inzá, robó la Caja Agraria, atacó a la Policía y se adueñó del armamento. Jacobo y Marulanda, en el atrio de la iglesia, se echaron sendos discursos explicando las razones de su lucha. Recordaron que el Indio Quintín Lame había hecho lo mismo en 1916. Pocas horas después, cuando aún los insurrectos no habían acabado de asaltar los almacenes, llegó a Inzá en un helicóptero el capitán Belarmino Pinilla. “Yo pedí apoyo de fuego, porque cuando aterricé la cola de la columna guerrillera estaba entrando al monte. Yo iba con el general Currea Cubides y él pidió los T-33; llegaron tres aviones, pero no bombardearon porque de Bogotá la Presidencia de la República no lo autorizó. Si lo hubiera hecho, habría muerto mucha población civil”. El bombardeo no fue sobre el pueblo de Inzá; la película de los franceses muestra que sí lo hubo en la cordillera, tal como Guaracas lo dice: “Donde acampamos, aparecieron los aviones bombardeando”. El general Pinilla afirma que en ese asalto estaba ni más ni menos que el Che Guevara, que iba bajando hacia Bolivia”. Para Guaracas, la muerte de las religiosas fue un problema de repercusión nacional. “Como si le hubiéramos echado fuego a una caneca de gasolina”. La respuesta del Ejército fue inmediata: ocupar Riochiquito para destruir las guerrillas comandadas por Marulanda y Ciro Trujillo, cuidando de “obtener la cooperación necesaria de la población civil para evitar su éxodo”. Las presiones de los políticos caucanos y la voz indignada del vicario de Tierradentro por la muerte de las monjitas hicieron cumplir la invasión militar a Riochiquito, “un conglomerado apacible de agricultores dominado por la guerrilla”, como escribiría más tarde el general Valencia Tovar. Guaracas pensaba algo parecido: “La oligarquía terrateniente del Cauca pedía una intervención militar contra la zona agraria de Riochiquito”. “Se había cumplido por fin lo inevitable”, remató Valencia Tovar.

El Secretariado de la Resistencia —Marulanda, Ciro, Yosa— convocó una conferencia para analizar las invasiones de Marquetalia, Riochiquito y las que esperaban sobre el Guayabero y El Pato. Los comandos más importantes estuvieron representados y se reunieron en un lugar de Cauca, donde definieron planes operativos de lo que dio en llamarse Bloque Sur, que adoptó el Programa Agrario como bandera política. La conclusión más importante fue sin duda la citación de una nueva conferencia que tendría lugar en el río Duda. En las “profundidades de ese cañón” Jacobo Arenas instaló, entre el 25 de abril y el 5 de mayo de 1966, la Segunda Conferencia del Bloque Sur que creó las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), con un secretariado ejecutivo a la cabeza, un estado mayor, un reglamento y una estructura jerárquica.

De allí salió un plan militar nacional operativo, cuyo principio Marulanda resumió así: “Ahora volveremos a buscarlos en la orilla del río de donde un día nos sacaron, volveremos a buscarlos en la montaña de la cual un día nos hicieron salir a la huyenda, volveremos a buscarlos en la región de la que un día nos hicieron correr”. Jacobo y Marulanda fueron enviados a El Pato y el Guayabero, desde donde desplegaron fuerzas por los ríos Guaviare y Caquetá, y sobre el pie de monte que ya habían abierto las columnas de marcha llegadas de Villarrica, y los colonos expulsados por las guerras de Marquetalia, Natagaima y Riochiquito. Poco a poco esa colonización fue derramándose a lo largo de las aguas que desembocan en el Orinoco y el Amazonas. En esta zona selvática —aún hoy selvática, en particular la hoya del río Papamene, donde murió Pedro Antonio Marín— se formó gran parte de los comandantes que abrirían frentes en el occidente de Cundinamarca, el norte de Tolima, el noreste antioqueño, el oriente de Huila, el sur de Cauca, el Magdalena Medio, los Llanos Orientales, Urabá y Perijá.

Las llamadas repúblicas independientes se habían salido de madre y habían formado un ejército. Si se quisiera saber hasta dónde están las Farc, bastaría saber si la gente come cancharina. Ciro Trujillo fue enviado al Quindío para operar sobre el Valle y sobre la zona cafetera, pero en 1966 fue estruendosamente derrotado porque, según Marulanda, “todo el mundo sabía dónde vivía la guerrilla, qué hacía la guerrilla, cuáles eran sus planes, cuáles sus contactos”. En la acción quedó muerto alias Arrayanales, un guerrillero tan fuerte como su nombre de guerra.

 

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