¿ES CLARA ROJAS UNA VÍCTIMA DE LAS FARC-EP?

¿Es Clara Rojas una víctima de las FARC-EP?

  • Martes, 02 Septiembre 2014

 

«La aventura fue grande, pero pudimos cumplir con nuestra misión, conduciendo todos los prisioneros a salvo»

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Presentación

Desde el momento en que Alberto Martínez, un curtido mando del Estado Mayor del Bloque Oriental, asumió el mando de la Compañía encargada de la seguridad de los prisioneros de guerra, Diana, su compañera sentimental, se sumó también a la misión. En sus propias palabras, registramos buena parte de sus recuerdos de aquellos días.

Vale hacer notar que en la guerrilla, por cuenta de la trasmisión oral, se conocen muchas cosas de la vida colectiva, así sucedan a centenares de kilómetros. El Mono Jojoy, dedicaba una hora diaria, sagradamente, a dar una charla informativa al personal de su compañía de guardia. Era casi rutinario que a dicha charla asistiera también el personal de tres, cuatro o más compañías del área circundante, a las que él ordenaba recoger con ese sólo propósito. De ese modo, el personal conocía de primera mano las incidencias del resto de las unidades de las FARC-EP.

Es así como la situación de los prisioneros de guerra era ampliamente conocida por buena parte de los guerrilleros de los bloques Oriental y Sur. Así como también quien era asignado a las unidades bajo cuya responsabilidad se hallaban esos prisioneros, terminaba enterándose, por el relato de los demás, de las distintas circunstancias vividas con ellos en los días y meses anteriores. De allí que la veracidad de lo relatado por Diana esté casi por fuera de cualquier duda.

Desde luego que existen versiones distintas, suministradas por los desertores de la organización que han decidido ponerse al servicio del enemigo. Son las menos creíbles, porque persiguen el propósito fundamental, exigido además por los servicios de inteligencia militar, de enlodar lo más posible la causa, las intenciones y las actuaciones de los integrantes de nuestro organización, con el expreso propósito de desprestigiarnos. Esas versiones pasan a hacer parte de las llamadas operaciones sicológicas, un arma de guerra enseñada por todos los manuales de contrainsurgencia elaborados en los Estados Unidos. Su credibilidad es cero.

En cuanto a las versiones de los prisioneros en libertad, todas procuran destacar la propia actuación personal, en contravía de la realidad, esforzándose por hacer de sus captores unos monstruos, en concordancia con la llamada corrección política: nadie que se exprese en buenos términos de la guerrilla puede ser respetable. Los grandes medios, y la presión de las llamadas fuerzas oscuras, se encargarán de hacérselo entender a quienes pretendan ponerlo en duda. Esa opresión resulta más terrible que la que hubiera podido sufrirse en la selva, porque es abierta y silenciosa, clandestina y pública a un mismo tiempo, y se practica en el propio entorno social del afectado. Corroe, destruye integridades económicas y morales. Nadie quiere asumir ese riesgo.

– Equipo Editorial Resistencia


En medio del desarrollo del Plan Patriota, orientado y dirigido por Álvaro Uribe, dimos cumplimiento al plan emanado por el Secretariado Nacional del Estado Mayor Central De las FARC-EP. Preservar la vida de los prisioneros de guerra.

La retención de Ingrid Betancur y Clara Rojas fue cumplida en el área del Bloque Sur. En ese momento ya se le había dado aviso a los políticos en campaña presidencial, para que no hicieran presencia en el área de la antigua zona de despeje. Ingrid Betancur decidió desafiar a las FARC, viajando a san Vicente, lo cual termina en su larga aprehensión. Ella viajaba con el chofer, Clara y creo que un escolta. Al explicarles que es ella la que queda retenida, que los demás se pueden ir, Clara Rojas rehúsa irse y por su propia determinación decide quedarse con Ingrid. Afirma que cualquier cosa que le suceda a Ingrid también debe ocurrirle a ella. En ese momento parece un gesto de lealtad personal a su amiga y compañera de política, en el que insiste de modo enfático. Más adelante se sabría que era mucho más que eso. Tanto insistió que terminó quedándose.

Por su condición de mujeres y su extracción social, los mandos acordaron un trato preferencial hacia ellas. Las dos gozaban de algunas libertades en el campamento, jamás estuvieron atadas. Eso permitió que en dos ocasiones se dieran a la fuga, siendo recapturadas por el personal que salía en su búsqueda. Mientras permanecieron en el Bloque Sur sucedió lo del embarazo de Clara. Allí conoció ella al papá del niño, uno de los guerrilleros que se desempeñaba como guardia. La cuestión es sencilla, se gustaron y pasó lo que pasó, a las escondidas, claro, ese tipo de relaciones no se permiten en la guerrilla, ni creo que en ningún ejército del mundo. Para qué hablar más de eso. Clara se entregó a él por su libre voluntad. Aunque tal vez se arrepintiera después.

El Mono repetiría en muchas charlas que de acuerdo con la versión de Clara, ella sólo había conocido dos hombres en su vida. Al primero, que la había defraudado por completo, y ahora al muchacho que la embarazó. Hasta entonces, la relación sentimental que ella sostenía desde mucho antes de su captura con Ingrid, se había mantenido dentro de las dificultades normales que se producen en ese tipo de relaciones. Ingrid se llegó a quejar varias veces del excesivo acoso de Clara, hasta plantear que no quería dormir más con ella. Pero la noticia del embarazo del Clara causó serias diferencias entre ellas. Ingrid no entendía que ella se hubiera enamorado del papá del niño. Aquello las llevó a reñirse, a romper su relación. Ingrid duró un buen tiempo sin volver a dirigirle la palabra.

Cuando fueron puestas a disposición del Bloque Oriental, el encargado de la unidad era Martín Sombra, el hoy renegado de las FARC. Cuando su captura, Martín Sombra se hallaba desertado de las FARC, después de muchísimos años de militancia guerrillera. Él había sido de esos que llamaron bandoleros, liberales de los años 50, una persona con muchas desviaciones en su cabeza, que a pesar de eso logró sobrevivir y permanecer en las FARC. Siempre se le conoció aquí como un mitómano, un mentiroso de vocación, al que sólo el Mono o el camarada Manuel lograban mantener bajo control. Viejo y enfermo, decidió renunciar a la lucha, a cambio de darse la gran vida que nunca pudo darse aquí. Hoy lo miman los del gobierno y el Ejército.

Pero en esos días, seguro que por su antigüedad en filas, se le encargó de los prisioneros. Él, por su propia cuenta, siguió dejando sueltas a Ingrid y Clara en el campamento, violando las orientaciones del Mono, quien, enterado de su comportamiento en el Bloque Sur, había ordenado mantenerlas más controladas. Ingrid y Clara se comportaban bien, hacían tortas de chocolate para celebrar los cumpleaños, no sólo de ellas o los prisioneros, sino incluso de los guerrilleros de la guardia. Pero un buen día intentaron escaparse cuando se encontraban en baño. Ingrid es una buena nadadora, y estando algo alejadas de la orilla, acordó sumergirse con Clara, nadando ambas hasta salir bien abajo. Cuando los guardias se dieron cuenta, ninguna de las dos aparecía por ninguna parte. Se envió a buscarlas y les encontraron fácilmente el trillo. Era invierno y había barro. De ahí en adelante se decidió poner fin a las preferencias con ellas, sencillamente se las introdujo al interior de la cárcel. Sombra, tal y como acostumbraba, había violado las órdenes, ahora se vio obligado a cumplirlas.

Los demás prisioneros no tomaron a mal el embarazo de Clara. Cuando se enteraron, más bien se pusieron contentos y comenzaron a elaborarle ropita, juguetes hechos de potes usados de Neofungina, el talco que se les dotaba para los pies, zapaticos, gorros, todo lo necesario para un niño. La propia Ingrid terminó haciéndole un cargador. La mayoría de los prisioneros le fabricaron objetos al niño, lo mismo los guerrilleros.

Pienso que el trato recibido por los prisioneros fue el más adecuado desde el punto de vista humano. La vida en la guerrilla puede resultar demasiado dura y primitiva para la gente de la ciudad, más si se hallan habituados a ciertas comodidades muy superiores a las de la mayoría de la gente. Nosotros estuvimos siempre en medio de la selva, a veces a decenas y hasta centenares de kilómetros de cualquier lugar poblado donde se pudieran conseguir las cosas necesarias para un grupo humano tan considerable. Además hay que tener en cuenta que nuestro abastecimiento debía ser efectuado en la clandestinidad, para evitar ser localizados. Eso impone retos muy difíciles, al tiempo que cierta prioridad en la satisfacción de las necesidades. Hay que aprender a privarse de muchas cosas elementales que no resultan tan vitales.

En la selva no hay carreteras ni caminos, quizás trochas para mulas de carga o por donde transitar a pie, con un peso de varias arrobas a la espalda, con destino a un campamento. Utilizar los ríos y las quebradas implica conseguir y mover canoas, motores, gasolina, aceite, hacerse a una infraestructura compleja y usarla correctamente, pues siempre hay aviones y helicópteros procurando localizar cualquier movimiento desde el aire. Y también gente que puede delatar a cambio de una promesa de dinero por parte del Estado. Entonces nada es fácil, los sacrificios que tienen que realizar los guerrilleros son muy grandes. Eso lo tienen muy poco en cuenta los prisioneros, a quienes nunca faltó la comida, la dotación de vestir y para dormir, las medicinas más básicas, los útiles de aseo personal y todas esas cosas.

Era lógico que las cosas se pusieran más difíciles si el enemigo lograba conocer nuestra ubicación y lanzar sus operaciones por aire y tierra. Tropa por todas partes, aviones echando bombas sin importar un comino si mataban a los prisioneros, rastreo y seguimiento permanentes, ráfagas de ametralladora lanzadas por helicópteros, desembarcos sobre la ruta que llevábamos. La estadía en sitios fijos tenía que llegar a su fin, se acababan los campamentos, había que permanecer en marcha, en movilidad total, en disposición de combate. Responder por la vida, la integridad, la salud y la seguridad de los prisioneros se tornaba mucho más complicado en esas condiciones. Y sin embargo se hacía, bajo la lluvia y entre el barro, bajo el sol más implacable, en la oscuridad de las noches. Algo que muchos no pueden comprender es que la guerra es muy dura, en medio de tantas dificultades no puede haber hoteles de cinco estrellas.

En cuanto a la alimentación, en medio de los bombardeos, ametrallamientos, y el despliegue por tierra del Ejército, el suministro de víveres se realizaba al hombro de las tropas guerrilleras, o en lancha, hasta llegar a su destino que era la unidad encargada de los prisioneros de guerra. Los víveres se componían de leche, aceite, carbohidratos, verduras, tubérculos (yuca, ñame, etc.), proteínas, granos, enlatados, incluso otros artículos para la dieta de algunos prisioneros, como el caso de Géchem y uno de los norteamericanos, que no recuerdo cual.

Ingrid Betancur convocó en dos ocasiones a los demás prisioneros a declarar huelga de hambre, con el pobre argumento de que la tenía aburrida la misma comida. Era cierto que a medida que el operativo militar se incrementaba, el abastecimiento se hacía más difícil, ya no llegaban frutas y otros artículos como antes. Eso resultaría comprensible para cualquiera, menos para ella. Los policías y militares no se sumaron nunca a la huelga, tampoco los demás políticos. Sólo Ingrid y Clara. Si no me engaña la memoria, creo que lo máximo que aguantaron fue dos días, pero porque comían a escondidas de lo que guardaban de reserva. Se cansaban pronto y se quitaban las camisetas de la huelga. Entonces, desde la hora del desayuno, comían abundantemente, hasta pedir incluso más sopa y arepa, de las que antes detestaban.

Cuando teníamos campamento en medio de la selva, alrededor de él se mantenían las reses que se mataban cada 15 días, para el suministro de carne. Teníamos 250 gallinas, muchos patos, se mantenían de 20 a 30 cerdos. Contábamos con una panadería, con todo lo necesario para la elaboración del pan, y se hacía pan integral para los enfermos. Se les prestaba servicio de odontología, enfermería y peluquería. Había una biblioteca con buena literatura y documentos nuestros, a los cuales tenían acceso los prisioneros. Había televisión con DVD para presentarles películas. Teníamos a nuestra disposición 3 canoas con motores para el transporte y varias motosierras para tumbar y arreglar la madera necesaria para las instalaciones. La seguridad interna de los prisioneros era prestada por guerrilleros hombres, en parte porque eran mayoría con relación a los mujeres asignadas, y en parte para evitar que se repitiera lo que aconteció en el Bloque José María Córdoba, donde una muchacha se dejó seducir y luego escapó con un prisionero. Las mujeres estábamos asignadas a la seguridad externa, y a cumplir con los muchachos los trabajos necesarios en el campamento.

En cuanto a la salud, se contaba con instalaciones sanitarias adecuadas al hábitat en que vivíamos. A los prisioneros siempre se les solucionaban los casos de salud, como las enfermedades tropicales del área, la planificación e incluso enfermedades diagnosticadas antes de su retención, según las solicitudes de algunos prisioneros, como diabetes, PA, problemas de colon, etc. Aun con las dificultades descritas, se les suministraban los medicamentos necesarios.

En su momento llegó la orientación de que Clara Rojas fuera nuevamente excluida de la cárcel, por su avanzado estado de embarazo. No voy a decir que fuera por maldad, seguramente se debía a las presiones sicológicas que sufría por causa de su estado en esa situación, pero lo cierto era que había que permanecer sumamente vigilantes con ella. De pronto era poseída por una arranques incontrolables de nervios que la conducían a golpearse fuertemente la barriga, con el propósito declarado de perder el bebé. Al tratar de calmarla, gritaba enfurecida que ella no iba a poder explicarle al país el nacimiento de ese hijo. Se le organizó un dormitorio aparte, cerca de la enfermería, y le fueron asignadas dos guerrilleras y dos enfermeros para su cuidado, al igual que para la preparación de sus alimentos. Sus arrebatos eran constantes, nos gritaba e insultaba, nos trataba mal, se golpeaba la barriga, botaba los alimentos que le llevaban, nos llamaba violadores. Fue una verdadera odisea aguantarla hasta el momento del parto.

Una vez le comenzaron los dolores, se pensó que iba a tener un parto normal. Pero su actitud fue totalmente negativa, les gritaba de todo a los enfermeros. Ellos le indicaban que pujara y ella respondía que no podía, que se sentía débil, que la dejaran morir, que no quería seguir viviendo, y que una vez muerta se la enviaran a la mamá. En ese momento nuestra responsabilidad era salvarla y salvar a la criatura, y se hizo todo cuanto estuvo al alcance para lograrlo. El conocimiento de los enfermeros en cuanto a cesáreas no era suficiente, y tampoco se contaba con el instrumental quirúrgico más adecuado. Pero con la mejor disposición se pusieron a la tarea de salvarlos a los dos. Tras practicarle una incisión vertical y buscar la criatura, por su extraña quietud, los enfermeros pensaron que el bebé estaba muerto. Entonces se esforzaron por salvarla al menos a ella, para lo cual procedieron a extraer al bebé cuanto antes. En el forcejeo por conseguirlo, el niño sufrió la fractura del brazo. Pero lo cierto fue que ello lo condujo a reaccionar y moverse, por lo que los enfermeros descubrieron que aún vivía. Entonces se dedicaron a extraerlo con el mayor cuidado, logrando salvarle la vida, tanto a él como a su madre.

Ella tuvo que permanecer cerca de una semana con la incisión abierta, por causa de una infección que le cayó por causa de alguna bacteria. Se le aplicaron todos los cuidados médicos posibles, hasta que finalmente se logró curarla. Pero luego vino el problema de que no le bajaba suficiente leche para amamantar al bebé, además de que ella no tenía la menor idea de cómo hacerlo. Por entonces había una muchacha, Yency, a quien todavía le bajaba leche. Era la compañera sentimental de Sombra por esos días, y ella se hizo cargo de alimentar al niño, lo cual logró hacer durante un mes. Luego la sucedió otra compañera, Marta, y finalmente otra, hasta que se les secó la leche a todas las que le bajaba. Entonces la alimentación de la criatura continuó con leche S-26 de tarro. El camarada Jorge, El Mono, había ordenado abastecer con leche, pañales desechables y de tela, ropa, cremas, jarabes, en lo posible todo lo necesario tanto para el bebé como para la madre. Todo eso se le suministró a ambos.

Se decidió entablillarle el brazo al niño, lo que procuró hacerse de la mejor manera. Pero Clara se mostraba siempre muy ruda con él, y lo lastimaba con frecuencia. Después de la recuperación, se permitió que Clara permaneciera durante dos meses en el campamento. En ese tiempo, las muchachas que cuidaban el niño se dedicaron a enseñarle todo lo relacionado con su cuidado: cómo había que bañarlo, cambiarle los pañales y la ropa, prepararle el tetero, cómo alzarlo para que el brazo no se le lastimara, cuáles eran los horarios en que dormía el bebé. También le insistieron mucho en el aseo personal de ella misma para evitar cualquier infección.

Luego volvió a la cárcel con el niño. Transcurrieron 3 días durante los cuales el niño lloraba mucho. Entonces Ingrid pidió audiencia para hablar con el encargado de la unidad, ya para entonces el camarada Alberto, pues se había ordenado relevar a Sombra. El planteamiento de Ingrid fue que le quitaran el niño a Clara, porque a su juicio ella, pese a ser su madre, o lo dejaba morir o lo salía matando. Si aquello no resultaba posible, pedía que al menos las guerrilleras encargadas de llevarle el alimento al niño, lo revisaran detenidamente pues era seguro que tenía algo.

En atención a su solicitud se dispuso la revisión del bebé. Clara había sido muy descuidada, le había dejado dar pañalitis, y no sé de qué grado, pero lo cierto era que tenía los testículos y el penecito en carne viva, y su brazo se hallaba desentablillado, morado, y salido del sitio. Informado de eso el camarada Jorge, se recibió la orientación de mantener al niño en el campamento, para curarlo y cuidar de él como era debido, llevándoselo a la mamá dos veces al día, para que lo viera y mimara.

En una de las ocasiones en que le llevan el bebé, Clara lo agarra y lo aprieta con rabia, lastimándole de nuevo el bracito. Entonces se lo siguen llevando, pero por fuera de la malla, para que solamente lo vea. Igual, en un descuido, las muchachas siempre son nobles y se lo acercan demasiado, Clara le aferra el brazo enfermo con fuerza, con mala intención. Esta vez su afectación fue más grave, porque al niño ya le estaba soldando la fractura y con el brusco jalón, le quedó el brazo casi colgando en el musculo. Al obligarla a soltar la criatura, Clara comenzó a gritarnos cosas terribles, a insultarnos, se jalaba el pelo, golpeaba la malla, parecía completamente enajenada. A partir de ese momento se le prohibió todo contacto directo con el niño, se lo llevaban sí, pero para que lo viera de lejos.

Al bebecito le sanó definitivamente el brazo, pero le quedó torcido. No teníamos recursos para practicarle una cirugía de corrección, esas son cosas de especialistas. Con el tiempo la propia Clara solicitó que le permitieran una audiencia con el encargado. Cuando se la conceden, solicita respetuosamente que le dejen tener el niño, comprometiéndose con todos los argumentos posibles a no volver a hacerle daño. No se accedió completamente a su solicitud, se le tenía desconfianza, cada vez que se le permitió tenerlo había terminado lesionándolo. En sus frecuentes momentos de depresión aseguraba que ella no quería a ese niño, que esa criatura le había desgraciado para siempre la vida.

Ya me referí al cambio de las condiciones de reclusión. Por fortuna para Clara, para el bebé y para todos, lo anterior tuvo lugar mientras estuvimos establecidos en el campamento en medio de la selva, en los límites entre el Caquetá y el Guaviare. Pero en el 2004 arreció el Plan Patriota, y por esas cosas de la guerra, un desertor que se vuela, va y se entrega al Ejército, suministrándole la información sobre nuestro paradero. La orden del Mono no se hizo esperar. Era necesario evacuar el campamento por completo y emprender la marcha en dirección al Séptimo Frente, en los límites con el departamento del Meta.

Una compañía móvil de guerrilla podría cumplir esa orden sin mayores complicaciones, pero para nosotros, con el grupo de prisioneros, varios de ellos enfermos y desmoralizados, con mujeres y hasta con un bebé de brazos, atravesar semejante extensión de selva, cargando a la espalda todo lo que fuéramos a necesitar, resultaba sumamente difícil. Varios de los prisioneros, quienes no sabían lo que sucedía y a los que tampoco se le podían dar muchas explicaciones, parecieron ponerse de acuerdo para complicar más las cosas.

Un guerrillero promedio debe cargar en su equipo a la espalda entre dos y tres arrobas de peso, aparte de sus fornituras, parque, granadas y fusil que debe portar a todo instante por necesidad. Una marcha por la selva puede comprender, en un día, entre diez y veinte o más kilómetros a pie, en dependencia de los obstáculos que encuentre, como rebalses, ríos, filos empinados y demás. Y debe cumplirse así llueva, truene o haga el más ardiente de los soles. Mientras todos caminen y carguen no hay mayores problemas de los normales.

Pero otra cosa sucede cuando hay enfermos, gente que no puede caminar, o cargar con su dotación a cuestas. El peso que deberían llevar estos hay que repartirlo entre los demás. Si hay que cargar a alguno en hamaca, debe destinarse un grupo de seis para ello. Dos, liberados de todo peso, levantarán en sus hombros la vara a la que se ata la hamaca que carga al enfermo, y a toda la velocidad que puedan andar, intentarán avanzar el trecho más largo posible, digamos, medio kilometro, o algo así, hasta que su cuerpo no de más. Entonces descargarán la hamaca sobre los hombros de otros dos que van a relevarlos. Y estos un trecho adelante en los terceros. Mientras unos cargan al enfermo, los otros cuatro se echan a remolque, encima de su propia dotación, los equipos y las armas de los que cargan, marchando inmediatamente atrás de ellos. No se descansa, cuando se descarga al enfermo sobre los otros, hay que echarse encima el propio equipo y la dotación de los que cargan al enfermo. El único descanso se produce cuando hay que soltar ese peso para cargar la hamaca con el enfermo. Esa es una tarea que requiere fuerza, energía y determinación sin igual. Generalmente la cumplen hombres, aunque a veces hay muchachas con la fortaleza física para medírsele también a esa tarea.

Pues bien, varios de los prisioneros, entre ellos el ahora General Mendieta, a quien vale aplicar aquella sentencia de que llora como mujer lo que no fue capaz de hacer como hombre, declararon que no se sentían en condiciones de marchar por entre la selva. Se declararon enfermos gravemente incapacitados. La propia Ingrid Betancur, siempre tan estirada, decidió alegar en su beneficio, que ella tampoco estaba en disposición de ponerse a caminar. Según dijo, ella estaba muy bien en su casa y nosotros la teníamos aquí contra su voluntad. Así que también se sumó a la huelga. Exigió que la cargáramos o la dejáramos ahí. No fue un momento fácil. Sabíamos que el Ejército avanzaba por tierra hacia el sitio y que en cualquier momento comenzarían los bombardeos, ametrallamientos y desembarcos de tropa.

Si ahora escriben libros, cuentan historias dramáticas o reclaman indemnizaciones, lo hacen olvidando que siguen con vida gracias a que los guerrilleros de las FARC decidimos enfrentar todas las dificultades con ellos encima, antes que abandonarlos en medio de la manigua donde no habrían sobrevivido ni un par de días. Aparte de los que hubo que cargar en hamaca por necesidad o por capricho, tuvimos que asignar dos guerrilleras para que se hicieran cargo del niño, cuidando que nada pudiera afectarlo.

Los propios norteamericanos prisioneros plantearon que en esas condiciones resultaba imposible encender radios transistores para la seguridad de todos. Un avión podía ubicarnos por la señal que emitieran. Y también recomendaron otras medidas, con el objeto de evitar que fuéramos a ser víctimas de los bombardeos aéreos. Sabían que en esas circunstancias, como habían vivido ya en el pasado, el Ejército colombiano no haría distinción entre guerrilleros y prisioneros. La orden de Uribe era quitar ese problema de encima, si había que matar los prisioneros con todo y guerrilleros mejor para él. Las muertes siempre serían adjudicadas a la guerrilla, en eso los grandes medios de comunicación no fallarían.

Por eso en adelante se restringirían muchas cosas, empezando por los radios, las linternas y luces en las noches, el resplandor y el humo de los fogones, la secada de las bolsas plásticas al sol, etc. También es justo decir que cuando se habló con todos los prisioneros sobre las nuevas condiciones, la mayoría adoptó una actitud distinta a la de Ingrid y Mendieta. Comprendieron de qué se trataba y se mostraron dispuestos a afrontarlo.

Marchamos durante días y semanas en medio del invierno por la selva, guiados con una brújula, un mapa, un transportador y un compás. Nos habían dado las coordenadas de la ruta, y aunque cargábamos un GPS, ese tipo de aparatos eran muy nuevos para nosotros y ninguno sabía usarlo correctamente. El camarada Alberto pidió permiso al Mono para que uno de los norteamericanos nos explicara y él confirió la autorización. Recomendó que le pidiéramos el favor al más viejo, pero éste no supo explicarnos o no le entendimos, porque su español era muy deficiente. Nos tocó seguir con las herramientas que teníamos. Nos abastecimos en los equipos de economía, carne, gallinas, el menaje, o sea las ollas, los casinos o carpas para la rancha, palas, hachas, manilas, planta eléctrica; gasolina, medicinas, municiones, la alimentación para el niño, todo lo necesario.

Iniciamos la dura caminata por la ruta trazada, rompiendo por entre la selva y desconociendo los obstáculos. Sólo sabíamos que el Ejército ya se encontraba en el área y que debíamos tener mucha disciplina pues podríamos tropezar con alguna patrulla. Es de recordar que el Plan Patriota se caracterizó por el alto número y el gran tamaño de las patrullas que penetraban a la selva, batallones completos de contraguerrillas, divididos en dos o tres columnas separadas unos cien metros entre sí, para auxiliarse mutuamente en caso de entrar en combate.

El Mono, que siempre estaba pendiente de nosotros por la radio, orientó al camarada Alberto que dejara tres guerrilleros en el campamento, con comunicación permanente con nosotros, para que sembraran minas en los accesos al mismo. Ese comando sería a su vez nuestra retaguardia, con la consiga de marchar tres días después de haber salido nosotros. Como eran pocos, no tardarían en alcanzarnos. Su tarea fundamental era borrar cualquier rastro nuestro.

Teníamos dos días de marcha cuando escuchamos con toda claridad disparos y ruidos de mortero en dirección al lugar donde estaba el campamento. Eran las quince horas. Desde ese momento el comando no volvió a reportarse por la radio. Hasta entonces habríamos avanzado unos catorce kilómetros. El Ejército ya se encontraba en el lugar de nuestra partida dos días atrás. Después supimos que de ese comando sobrevivieron dos muchachos, un guerrillero y una guerrillera, que duraron perdidos durante un mes completo en medio de la selva, sosteniéndose con el agua de las cañadas y las pepas y cogollos que sabían se podían comer. Aparecieron, vestidos de jirones, en una compañía de combate nuestra que los acogió con alegría.

El camarada Jorge decidió enviar compañías de combate en nuestro auxilio, unas para que retuvieran el avance de la tropa y otras para encontrarnos y apoyarnos. Pero para eso iba a ser necesario que transcurrieran varios días. A partir de ese momento comenzó el sobrevuelo de helicópteros y aviones por sobre la selva en que nos movíamos. Alberto pidió permiso al Mono para cambiar la ruta, y él nos dio su consentimiento. Alberto sacó el mapa y comenzamos a buscar una ruta que nos condujera al cruce más angosto del río Tunia, que conocíamos como La isla del sol. Señalamos la ruta en el mapa y nos dispusimos a avanzar.

Antes de partir, se acordó que 8 unidades quedaran como retaguardia en ese sitio. Con el propósito de perder por completo el trillo a la tropa que nos seguía, nos metimos a un rebalse y comenzamos a avanzar con el agua a la cintura y a veces al pecho. Así anduvimos todo aquel día. Era tan dificultoso el tránsito con carga, que Ingrid prefirió descender al piso y comenzar a caminar. El bebé lloraba de manera incesante, había muchas espinas que herían el cuerpo. Cuando pasaban los helicópteros sobre nosotros, Ingrid se ponía como loca, y comenzaba a gritar con todas las fuerzas que ahí estábamos. Esa situación, por encima de lo ridícula, pues resultaba imposible que la escucharan, exasperaba a los demás prisioneros, militares, policías y políticos, que le exigían encarecidamente que se callara. Comprendían que ese tipo de actitud ponía en peligro la vida de todos, y la reprochaban por esas ocurrencias absurdas.

A las 17 horas logramos por fin salir del rebalse. Para cualquier rastreador resultaba imposible encontrar un rastro en la selva tras esa maniobra. Casi todas las gallinas llegaron muertas. Todos teníamos la piel cubierta de sanguijuelas, la dolorosa y repugnante plaga de los pantanos. Al único que no se le subió ninguna fue al bebé, seguramente que porque nunca se rozó con el agua. Unos fuimos a buscar leña y pelarla, otros a explorar en todas las direcciones posibles. Los enfermeros se dedicaron a ayudar en la extracción de las sanguijuelas, los prisioneros fueron guiados a tomar un baño. Ubicamos un área para pasar la noche y Alberto se dedicó a trazar la ruta del día siguiente. Todo eso tocó hacerlo muy rápido, pues se prohibió alumbrar lo más mínimo después que oscureciera. No se podía hacer la menor bulla. Pusimos bejucos por los caminitos para guiarnos hasta los puestos de guardia, sanitarios y caletas. Nos ubicamos por guerrillas.

También hubo que regresar tres guerrilleros, para encontrar a los 8 que quedaron atrás. Volvimos a reuniros todos. A las 4: 15, en la madrugada, ya estábamos todos listos, al lado de los equipos, en silencio. Preparábamos de una vez el desayuno y el almuerzo. Las muchachas cargaban agua hervida para prepararle los alimentos al niño y para darle a beber para la sed. Ese día salimos tarde porque se prepararon todas las gallinas que llevábamos y fritamos además la carne para que no se dañara.

En esas condiciones, Clara, conmovida, se dirige a Alberto y le manifiesta que si quiere, ella también puede ayudar a llevar al niño. Y como alternativa le plantea que las muchachas que lo carguen caminen al lado de ella, o que la dejen a ella caminar al lado de esas muchachas. Alberto le dice que si se comporta adecuadamente con el niño, se le permitirá cargarlo durante los momentos de descanso. Pero le advierte en forma terminante que no puede maltratarlo en lo más mínimo, ni mucho menos intentar matarlo, como lo ha hecho varias veces. Ella da su palabra.

En las marchas Alberto daba los grados a la vanguardia, que se componía de 7 e iba adelante con la brújula. La seguíamos otros 6, con machetes, abriendo camino porque el terreno estaba cruzado de bejucos. Era dificultoso avanzar con el enfermo que se cargaba en la hamaca. Los de la brújula nos la rotábamos, caminando 40 minutos al máximo de velocidad, y haciendo paradas para esperar la llegada del personal. Comenzamos a encontrar los trillos de las patrullas del Ejército.

A los pocos días nos llevamos un buen susto. De brujulera iba Mariela y yo la seguía. Unos diez metros atrás venían los otros. A eso de las once de la mañana, estando al borde del barranco que caía al río, oímos un tropel un poco adelante. Inicialmente pensamos que se trataba de una danta. Al avanzar un par de pasos más, vimos mover unas hojas del lado de abajo. Lo que fuera se dirigía exactamente hacia nosotras. Paramos y le hicimos seña a los de atrás para que se quedaran quietos, porque venían abriendo camino. Al detallar hacia adelante percibimos que se trataba de gente. Nos tendimos de inmediato. En esos momentos hasta la respiración le parece bullosa a una, ya no había tiempo para avisarle al grueso del personal, teníamos los bultos encima. Mayor fue nuestro susto cuando vimos uniformes chispeados, enseguida pensamos en el Ejército.

Preparamos nuestras armas para disparar, cuando vimos a uno hacerse a un lado. Vestía sudadera negra y un suéter de color azul. Las palabras que decía hacían parte del vocabulario nuestro. Esperamos otro poquito para verificar, y conocimos un camarada de nombre Jeferson. El alma nos volvió al cuerpo, pero teníamos el problema de cómo hacer para pararnos sin que ellos nos fueran a disparar, pensando que éramos enemigo. Hasta que nos levantamos las dos mujeres y dijimos en coro, Jeferson. Ellos se tendieron y se quedaron quietos, sin decir nada. Nosotras avanzamos hacia ellos, y así fue como no dispararon, pues venían en busca de nosotros.

Fue la primera compañía que nos encontró. Ya con ellos se hacía más fácil el avance porque cubrían a los laterales y nosotros marcharíamos en el centro. Bueno, después de ese susto, nos encontramos con el obstáculo del cruce del rio Tunia, que se encontraba crecido porque era el mes octubre, temporada de invierno. Llegamos a la orilla y enviaron a buscar unos potrillos (canoas pequeñas de madera). Solo encontraron uno en el que cabían apenas dos personas. Para pasar dos compañías así, nos demoraríamos mucho. Entonces extendieron las manilas de orilla a orilla del rio y nos cruzamos agarrados de ellas. Para cruzar los equipos hicimos motetes con ellos, al bebé lo cruzamos en el protillo. Habíamos llegado a ese sitio a las doce, sólo a las dieciseís terminamos de pasar.

En la compañía de nosotros llevábamos una perra que se quedó al otro lado y comenzó a ladrar. A las 20 la cruzaron. Al día siguiente salieron las exploraciones y encontraron trillo fresco del Ejército, lo cual nos obligó a desviar la ruta. La perra sin duda olfateó la presencia cercana de la tropa y comenzó a ladrar mucho. No hubo manera de hacerla callar, así que nos tocó tomar la dolorosa decisión de matarla. A partir de ese día se desencadenó por completo el invierno, pisábamos a cada rato el trillo del Ejército, así como ellos encontraban el nuestro con frecuencia. Nos comenzamos a llenar de nuches, leishmaniosis, ronchas feas por la picudura de las sanguijuelas, gripa, las provisiones se nos fueron agotando.

La aventura fue grande, pero pudimos cumplir con nuestra misión, conduciendo todos los prisioneros a salvo. Aquello es ahora apenas un recuerdo, que muchos, y más ahora, con lo de La Habana, pretenden utilizar contra nosotros. Estoy segura que en lo del niño de Clara no hubo la mínima intención de maldad o de engaño por parte de las FARC. En el Séptimo se recibió la orden de dividir los prisioneros en varios grupos. Ya nunca volverían a estar todos juntos. La guerra arreció en adelante con toda la intensidad, algo que muy pocos pueden siquiera imaginar en qué consiste. La decisión de poner el niño de Clara bajo el cuido de una familia campesina, obedeció sin duda alguna a una decisión temporal e inconsulta, que se correspondió a la naturaleza de la confrontación. Por eso mismo no pudo volver a recogérselo como se lo esperaba.

Clara Rojas es ahora Representante a la Cámara, en representación de la ultraderecha. Se presenta como una víctima nuestra. Con la mano en el corazón, puedo decirle que no tiene ese derecho.

Montañas de Colombia, 1 de septiembre de 2014.

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