A PROPÓSITO DEL LIBRO DE ENRIQUE SANTOS

A propósito del libro de Enrique Santos

  • Viernes, 23 Enero 2015

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En realidad, al leer de una sentada el muy bien editado libro, fácilmente se descubre que su intención va más allá de la crónica sobre los primeros encuentros entre las dos delegaciones. Por intenso que sea el suspenso que el autor imprime a su relato, es evidente que este no es más que un pretexto para dar vía libre a sus puntos de vista y a sus reflexiones en torno al tema de la paz y el proceso que se desarrolla actualmente en Cuba.

Advierte de entrada el periodista Enrique Santos, que estas últimas son sus visiones personales en torno al tema, que en nada comprometen el punto de vista del gobierno, ni el de sus delegados en la Mesa de La Habana. Desde luego tampoco pretenden reflejar el pensamiento de su hermano y Presidente Juan Manuel Santos. Se trata de su aporte personal al asunto y nada más.

Con independencia de la modestia con la que el autor de Así empezó todo pretenda presentarse, ninguno de sus lectores, por desprevenido que sea, puede pasar por alto su condición personal, social, económica y política, que lo eleva, por así decirlo, a la calidad de vocero incuestionable de la élite dirigente del país. El señor Santos no puede abstraerse de su extracción, de los círculos en que se ha movido toda la vida, siempre en el centro del poder, vinculado de uno u otro modo a los más pujantes círculos empresariales. Menos todavía de su pertenencia a una familia ligada casi secularmente al ejercicio de la política dominante en Colombia, y por ende protagonista principal del conflicto, de lo que pueden dar cuenta las miles de páginas editoriales del diario EL TIEMPO.

Su intento por aparecer como un colombiano más que expresa sus humildes opiniones en torno a la paz y al proceso de La Habana, adquiere entonces cierto tono teatral. Enrique Santos es la voz de una clase y de unos intereses claramente reconocibles, eso que Jorge Eliécer Gaitán llamó la oligarquía liberal conservadora, aunque el empleo de esos términos hoy está pasado de moda y sea objeto de ridiculizaciones, precisamente por parte de personajes como Enrique Santos, pregoneros de lo que es de buen o mal recibo en su país, aunque prefieran vivir en Miami.

Esta pequeña acotación necesariamente servirá para que nuestros contradictores afirmen una vez más que, antes que usar argumentos, las FARC preferimos la descalificación y el ataque personal. No hay remedio, aun sin esa precisión siempre hallarían el modo de banalizarnos. En realidad toda posición intelectual nace de un contexto, refleja el pensamiento de un grupo definido de intereses. Enrique Santos escribe desde la óptica del poder, para defender su clase, de manera tal que su enfoque sobre la paz, cuando menos, puede ser criticado por poseer la misma parcialidad y las mismas limitaciones atribuidas a los nuestros, es sesgado, como son todas las cosas en una sociedad profundamente dividida y desigual como la colombiana. En materia política nadie tiene la verdad absoluta, sino una mayor o menor posibilidad de atraer gente en su apoyo.

Es claro que Enrique Santos toma partido. A favor del proceso de paz que adelanta el gobierno encabezado por su hermano, siempre que dicho proceso se desarrolle dentro de las previsiones y cauces señalados de antemano, y que él en su obra se encarga de precisar y reforzar. Esta obra sale al público en coincidencia con la decisión de Juan Manuel Santos de comprometer a todos los funcionarios de su gobierno, y en gran medida a la mayoría del país, en el propósito de llegar a un acuerdo final en La Habana, lo más pronto posible y en los únicos términos a su juicio admisibles.

Lo que hace el hermano mayor no es más que sumarse al esfuerzo de agitación acordado en Palacio, y desde ese punto de vista lo hace bien. Por más que intente disimularlo, su libro no es más que la versión ágil y amena de los ladrillos que escribe y defiende el señor Sergio Jaramillo, una divulgación informal de las posiciones del gobierno nacional en la Mesa.

Las FARC-EP tenemos un profundo interés en la solución política. Siempre lo hemos dicho, aunque los dueños de la manija jamás nos hayan creído. Por consiguiente, esta oportunidad de encontrarla de modo definitivo nos parece valiosa, única, digna de meterle el hombro con todas nuestras voluntades. Nos agrada sobremanera el cambio de posición de parte del gobierno, su nueva apreciación del proceso de paz. Nos gusta que Enrique Santos se comprometa abiertamente con el proceso, porque entendemos que no es él solo quien habla en su libro. Se trata de la Unidad Nacional desplegando sus encantos, incluso tendiendo un ramo de olivo al Centro Democrático, a sus cuadros, si es que el propio senador Uribe insiste en permanecer apartado y huraño.

Todo con la intención clara de dejar solas y aisladas a las FARC. A estas sólo reserva el hermano mayor un lugar adjetivo, de esos que matan incluso, y que por tanto sobran. Nuestra única posibilidad es aceptar firmar el acuerdo en las condiciones exigidas. De lo contrario nos espera un destino semejante al de Alfonso Cano, a cuya muerte, simbólicamente, dedica Enrique Santos las últimas páginas de su libro, “marginado y maltrecho, huyendo con desespero del implacable acoso militar”. Las FARC llevamos medio siglo recibiendo ese mismo tipo de ultimátum.

Enrique Santos sabe muy bien, porque nadie mejor que él para saberlo, que cuando el camarada Alfonso Cano fue sacrificado, prácticamente estaban ya acordadas las reglas para el encuentro exploratorio en La Habana. Apenas quedaba por concretar el modo de transportar a Mauricio desde el Bloque Oriental a Cuba con todas las garantías y seguridades, cuestión de detalle. Así que son deliberadamente falsas sus afirmaciones en el sentido de que Cano no quiso, o no se atrevió a jugársela por la paz. Fue su hermano Juan Manuel quien demostró la capacidad de los de su clase para traicionar alevemente al adversario con el que se está pactando sentarse a la Mesa.

Así resultan ser las exposiciones del libro del señor Enrique Santos, lecturas parcializadas y elitistas tanto de la realidad colombiana como del conflicto interno. Por eso de algún modo los planteamientos de las FARC le resultan más que insensatos, risibles, deleznables. Y para repetirlo de manera elegante dedica 182 páginas que se leen en dos horas. En ellas hasta sugiere, como quien no quiere la cosa, que el sabotaje económico contra la infraestructura puede constituir crimen de lesa humanidad, como para que tengamos en cuenta lo que nos aguarda. Ay, Señor.

Montañas de Colombia, 22 de enero de 2014.

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